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Por el sendero de las calaveras luminosas de Honduras

Por Glenda Estrada/ El Heraldo | 1 Mayo, 2017 - 10:31
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Localizadas siete kilómetros al noroeste de Catacamas, las Cuevas de Talgua son un paseo subterráneo por lo desconocido.

Un halo de misterio se estampa en cada silueta que la luz artificial dibuja en las paredes de barro de cada caverna.

Un camino de impresionantes formas geológicas, que llegan hasta donde alcanza la imaginación, da la bienvenida al visitante y lo lleva a un paseo subterráneo hacia lo desconocido.

Ubicadas siete kilómetros al noroeste de la ciudad de Catacamas, Olancho, en la sierra de Agalta, las Cuevas de Talgua son una cita obligada que todo amante de la aventura debe tener una vez en la vida.

El recorrido de 45 minutos conduce hacia enormes sedimentaciones de rocas cálcicas y una inmensidad de formas producto de la filtración de agua de miles de años.

Las alas de un ángel, la silueta de un monje o el tronco de un árbol, hasta un par de piernas que parecen estar atrapadas en el techo... cada uno va descubriendo las formas dentro de la cavidad rocosa, mientras nuestro guía Ángel explica que el sonido de agua que escuchamos es el río Guayape que recorre las cuevas.

Las cuevas fueron presentadas en planos entre 1983 y 1984 por un equipo de espeleólogos dirigidos por Larry Cohen. Por lo menos eso es lo que se lee en una memoria que se exhibe en el pequeño museo abierto al público, fuera de las cavidades rocosas. En ese espacio están expuestas vasijas y algunos restos humanos hallados en el osario de las cuevas.

Sin embargo, su hallazgo se acredita en 1994 a Jorge Yánez y Desiderio Reyes.

Son además el escenario de cuatro cementerios, colocándose como la cavidad funeraria más antigua de Honduras.

Escalando una pared de casi 30 pies de altura, Yánez y Reyes descubrieron cientos de huesos humanos y varios restos de vasijas.

Aunque no llegamos hasta ahí porque el sitio aún no está abierto al público, Ángel explicó que la cámara ritual tiene 23 depósitos con restos humanos. La importancia del osario de la Cueva de Talgua es porque es una de las primeras en ser investigadas.

Algunas de las osamentas han sido preservadas por una capa de calcio resplandeciente dejada durante casi un milenio por el agua que se filtra por las paredes de piedra caliza de la cueva. Este fenómeno luminoso ha provocado que los expertos la denominen como la cueva de las Calaveras brillantes o Calaveras luminosas.

Y va más allá. Los arqueólogos afirman que hay pistas valiosas sobre cómo sus habitantes pudieron haber formado un importante vínculo entre la Mesoamérica precolombina y el este de América Central.

Al llegar al centro de visitantes del parque inicia el recorrido por un sendero marcado y muy seguro de aproximadamente 800 metros, rodeado de bosque tropical y el susurro de las frescas y cristalinas aguas del río Talgua, que nace en la montaña.

Hay dos cuevas. Pero Ángel nos lleva casi de la mano y solo apoyado por una linterna al interior de la más pequeña y a la que sí pueden acceder los niños.

Cada paso por los 500 metros en los que hay un sendero de metal con pasamanos para proteger al visitante cuando el río inunda parte de la cueva es una oportunidad de descubrir una infinidad de formaciones rocosas, diseñadas a través del tiempos y que según cada ojo humano y su imaginación toman la forma de figuras de catedrales, dinosaurios, retratos de imágenes sagradas y diabólicas.

Pero la exposición, que parece una explosión a la pupila, son las llamadas estalactitas y estalagmitas formadas por la pérdida de agua ácida que disuelve la roca caliza y que brillan al contacto con la luz.

Y es que dentro parece un museo de formas geométricas, listo para ser retratado. El flash de las cámaras no deja de sonar y se confunde con el sonido casi mágico del agua y las voces de los niños que quieren saberlo todo y que gritan emocionados cada vez que le dan forma a una figura...

El recorrido termina con un “muchas gracias” en coro a Ángel, que orgulloso con su linterna y vistiendo una camisa verde tipo polo se despide del grupo, no sin antes invitarnos a acampar en la montaña y darnos un chapuzón en el río, en el que por poco nos congelamos.