Artículos

Una aventura a pie por Nueva York

Por Esteban Dávila Náder/ El Espectador | 12 Febrero, 2018 - 13:00
  • statue-of-liberty-new-york-ny-nyc-60003.jpeg

Caminar por las calles de la Gran Manzana es la mejor manera de disfrutarla y entenderla. Dos días bastaron para visitar las atracciones más famosas de la ciudad.

Nueva York es de esas ciudades que hay que conocer. El cine, la televisión, el teatro y hasta los libros nos han metido en la cabeza que se trata de una metrópoli imperdible, cosmopolita, hipercultural, con mil lugares por conocer y planes para todos. Es la ciudad ideal para cualquier historia y al recorrer sus calles, custodiadas desde lo alto por una curiosa montaña rusa de rascacielos y edificios clásicos, todos sus mitos se confirman.

La verdad es que una semana no basta para visitar todos los rincones que la ciudad que nunca duerme le ofrece al viajero más preparado pero, quizá por curiosidad, quizá por el encanto visual y auditivo que supone estar en la Gran Manzana, me di a la tarea de recorrer cuanto se puede. Dos días, casi que sin descanso, andando a pie o en metro y con una dieta a base de hamburguesa, sánduches de huevo y waffles (para ahorrar costos, mejor invertidos en las atracciones), bastaron para poner los ojos sobre algunas de las postales más conocidas de Nueva York.

La aventura comienza en Brooklyn. No importa dónde se esté hospedado, el punto de partida es la estación MetroTech, en Jay Street. No se preocupe, si bien el entramado del metro se ve complejo a primera vista, está diseñado para ser fácil de entender, pero si la paciencia no le funciona, no es difícil encontrar un funcionario del sistema, un “newyorker” o, si el inglés no es su fuerte, un latino presto a decirle a en qué tren se tiene que montar. Lo viví más de una vez.

La estación está a unos diez minutos del sendero que lleva al primer imperdible de Nueva York, el Puente de Brooklyn. Cuidado, para poder entrar al sendero peatonal del puente tiene que caminar por el separador de la calle Adam. Construido entre 1870 y 1883, se trata de una estructura impresionante y una figura icónica dentro de la cultura popular. Una que arroja las primeras luces sobre lo que se siente caminar por Nueva York: masas de gente de todos los colores y estaturas, hablando cuanto idioma y acento el cerebro pueda reconocer.

Pero más que eso, lo que realmente impresiona del puente es lo que le ofrece al ojo. A la derecha, entre los pilares de concreto y las telarañas metálicas que lo sostienen sobre el Río Este, se alcanzan a dibujar las siguientes paradas: el One World Trade Center, la Estatua de la Libertad e incluso la corona del clásico más recordado, el Empire State. Sin pararse a tomar fotos (cosa que es imposible), a hacerse una caricatura o a comprar libros, música o recuerdos, cruzar semejante pasarela toma cuarenta minutos. En la otra orilla espera Manhattan.

Una vez allí, el destino más lógico es el One World Trade Center, hogar del memorial al 11 de septiembre, uno de los episodios más funestos de la historia moderna. En honor a las 3.000 personas que perdieron la vida durante el ataque (sumando a las víctimas del atentado del 26 de febrero de 1993), donde antes se levantaban las torres gemelas se construyeron dos piscinas masivas, cercadas por parapetos que llevan grabados los nombres de todos los ciudadanos caídos, algunos adornados con rosas blancas dejadas por los visitantes.

A un lado, el único árbol que sobrevivió la caída de los edificios; al otro, el museo, con dos exhibiciones permanentes, y vigilándolo todo desde lo alto, el rascacielos que reemplazó los edificios. Aunque la vista que ofrece desde la cima es inigualable, lo que de verdad impresiona es su elevador que, cubierto de pantallas, cuenta 500 años de historia de Nueva York en 47 segundos. Es recomendable llegar temprano, pues las filas no son agradables. La entrada al primero cuesta US$24 y al segundo US$67 si compra el tiquete con entrada VIP.

El recorrido continúa unas calles más adelante, por Broadway, hacia el Toro de Wall Street, que por estos días es encarado por una pequeña niña de bronce y sin miedo, representación ideal de cómo los tiempos cambian y de cómo en Nueva York hay espacio para todos. Pero esta es sólo una de dos paradas técnicas, siendo la segunda a un parque de distancia, en el Castillo Clinton, donde se compran los tiquetes del ferri que lleva hacia la Isla de la Libertad, donde espera la dama de bronce que, con el brazo en alto, saluda a todos los que llegan por agua a la Gran Manzana.

La entrada a la isla, al Museo de la Inmigración, los tiquetes de ida y regreso de la isla y el ingreso al pedestal sobre el que se levanta la Estatua de la Libertad cuestan US$18,5, aunque este último suele estar agotado, por lo que es recomendable comprarlo con anticipación en el sitio web oficial de la estatua. Subir hasta la corona, junto a todo lo anterior, vale US$21,5 y también es necesario adquirirlo incluso antes de viajar a Nueva York. La vista que la isla ofrece sobre la costa de Manhattan es ideal para cerrar la tarde y comprar algunos souvenirs.

Para el segundo día, el plan es menos agitado. Esta vez el punto de partida es la estación de la Calle 34, en el corazón de las compras en Manhattan. Nada más salir, se encuentra el Macy’s (la famosa tienda por departamentos más grande de Nueva York), al frente la boutique de Victoria’s Secret, H&M y a continuación todo tipo de almacenes como Forever 21 y GAP. Al caminar por estas calles se respira moda, todos se visten tan llamativo como pueden. Dos cuadras hacia el sur se encuentra la primera parada, el que durante 41 años fue el edificio más alto del mundo.

Finalizados sus 102 pisos en 1931, el Empire State es una de las siluetas más reconocidas a nivel mundial, así como una de las mejores plataformas de observación del continente. Estar en el piso 86, es sentirse en el centro de la ciudad, y poder verla en 360 grados, como lo han hecho ya más de 111 millones de personas, es como ser por fin parte de ella. Todo lo visitado y lo que falta está al alcance del ojo, mientras que el brillante trazado de las calles y el caos que las llena ayudan a comprender por qué se trata de una de las ciudades más importantes del planeta. Lo mejor es que es una panorámica que se puede disfrutar a cualquier hora del día (abre de 11 a.m. a 2 a.m.) y el tiquete cuesta US$37.

La ruta continúa volviendo unos pasos y andando unos cuantos más hacia el norte. Caminar por la séptima avenida es como recibir un bombardeo de información que no incomoda, sino que induce a relajar el paso un poco. De la calle 34 a la 39 no es mucho lo que hay que ver, en su mayoría tiendas de recuerdos, cámaras y maletas administradas por inmigrantes con los que se puede regatear, locales de cómics y puestos de comida. Una cuadra más y la avalancha de pantallas, luces y gente disfrazada de personajes de la cultura popular confirman que se ha llegado a Times Square.

Estar ahí es entrar a una tienda de juguetes en la que todo gusta y no se sabe por dónde empezar. La tienda de M&M’s, la de Disney, la de Line, los teatros donde se presentan los musicales del Rey León, School of Rock, Jersey Boys o Kinky Boots, invitan a pensar qué hacer en la noche antes de seguir con el camino. El fin de la aventura está cerca.

Un par de tiendas más, una escultura roja gigante que plasma la palabra Hope (esperanza) en donde la foto parece obligatoria y varios semáforos son lo que separan a Times Square del parque urbano más grande del mundo. Es una caminata de doce minutos antes de llegar al Central Park, que ve su mejor momento a mediados del otoño, cuando las hojas verdes de los árboles todavía comparten buen espacio con las rojas y las amarillas.

Se trata del cierre ideal: un paseo en carroza o en bicicleta, una visita al zoológico, un rato en los lagos a bordo de una canoa o un momento de reflexión en el memorial a John Lennon, ambientado por la música de los Beatles, que siempre suena en el lugar, o hasta un picnic son los planes perfectos para despedirse de una ciudad que se disfruta mejor a pie.