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Andrés de Santa María, un pintor moderno

Por Cristina Esguerra/ El Espectador | 7 Junio, 2017 - 12:14
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El artista bogotano y su obra han pasado por momentos de gloria y de olvido. Tras haber sido director de la Escuela Nacional de Bellas, presentó a los colombianos la idea detrás del arte moderno y expuso en solitario en Bruselas, Londres y Bogotá. En 1911 regresó a Europa y el país lo olvidó durante décadas.

“Al empezar a hacer la investigación sobre la Escuela de la Sabana encontré a Santa María como el creador de eso, y me di cuenta de la importancia de él en cuanto a la modernidad en Colombia”, dice el crítico de arte y curador Eduardo Serrano. “Santa María —junto con Luis de Llanos, un pintor español que sólo dura un año involucrado en el proyecto— crea la cátedra de paisaje en la Escuela Nacional de Bellas, y se empieza a pintar a Colombia. Él trae esa idea impresionista y de la Escuela de Barbizon de pintar al aire libre. Y los pintores comienzan a salir en grupos y a pintar la sabana, que en ese entonces era espectacular”.
 
Desde 1904 hasta mediados de los treinta los pintores más importantes del país —Jesús María Zamora, Ricardo Borrero Álvarez y Fídolo Alfonso González Camargo, entre otros— se dedicaron a pintar la naturaleza colombiana. Lo hacían no con un interés científico, como había sido el caso de los pintores de la Comisión Corográfica, sino con uno puramente artístico y en esencia impresionista. “La preocupación impresionista es cómo involucrar la dimensión perceptiva del cuerpo”, dice el curador Jaime Cerón. “Lo que hace relevante al arte no es su fidelidad con el mundo sino la manera como se configura esa imagen como respuesta de un sujeto ante la realidad”. En los cuadros de Santa María lo que observa el espectador también es la mirada de alguien, el momento en que el artista vio un paisaje en medio de la naturaleza.
 
Andrés de Santa María nació en Bogotá en 1860. Dos años más tarde su padre, Andrés de Santa María Rovira, y su madre, Manuela Hurtado Díaz, se mudaron a Londres. En 1878, Santa María Rovira fue nombrado encargado de negocios de Colombia en Francia y se trasladó con su familia a París. En 1882 —tras la muerte de su padre y en contra de la voluntad de su familia—, Santa María comenzó a estudiar en la afamada Escuela de Bellas de Artes de París. Allí aprendió a dibujar figuras y paisajes realistas, de acuerdo con los parámetros académicos del momento.
 
El colombiano era un hombre de su época. Por eso complementó sus estudios clásicos investigando a fondo las vanguardias artísticas del momento. Su famoso cuadro Los dragoneantes de la guardia inglesa (1905), que mereció mención de honor en el Salón de los Artistas Franceses, mezcla tres estilos artísticos del momento. “Primero el realismo. No hay nada más real que los primeros jinetes y caballos del cuadro. El suelo está pintado con la técnica matérica de los impresionistas. Eso está hecho con espátula y capas fuertes. En la parte de atrás utiliza la técnica del difuminismo”, dice el coleccionista y galerista Sergio Rodríguez.
 
Santa María estudió a profundidad las leyes de la óptica y, al igual que los impresionistas, experimentó con la materia, con la perspectiva, con la forma, con los colores y con la luz. En la trayectoria artística del pintor colombiano se puede ver cómo su estilo se va haciendo cada vez más pastoso, más corpóreo. De imágenes relativamente detallas como Lavanderas del Sena (1887), pasa a otras como Retrato de María Mancini a caballo (1907), en las que el detalle se va perdiendo y el trazo de pintura se hace más grueso y evidente. En este tipo de cuadros, las sombras y las distinciones de tono no se obtienen mediante la mezcla de pigmentos en la paleta, sino por la aplicación de colores distintos en pequeñas áreas que el ojo del espectador termina fusionando. En Retrato femenino (1938) la pintura es completamente pastosa, la imagen borrosa y la profundidad prácticamente inexistente.
 
 
Ese interés por experimentar con las herramientas de su arte, por hacer que los paisajes digan más sobre la persona que los hizo que sobre el objeto que se muestra y por evidenciar tanto el proceso de elaboración como la bidimensionalidad de la pintura, hacen de Santa María un artista profundamente moderno. “Los cuadros de Da Vinci o de Rubens parece que no tuvieran materia”, dice Cerón. “En cambio, Santa María es supercorpóreo. Parece que la imagen se fuera a caer”.
 
En 1893, a sus 33 años, Santa María regresó a Colombia de la mano de su esposa, Amalia Bidwell Hurtado. Al poco tiempo de su llegada comenzó a dictar la cátedra de paisajismo en la recientemente creada Escuela Nacional de Bellas Artes. “Su principal influencia se dio en la apertura de la Escuela de Bellas Artes al tema del paisaje, y en la entrada de técnicas menos ‘reglamentadas’ y más libres y espontáneas”, dice Ana María Franco, profesora de historia del arte de la Universidad de los Andes. “Esto es evidente en la escuela paisajística de la sabana”.
 
En 1904 fue nombrado director de la Escuela Nacional de Bellas Artes y bajo su mandato ésta se convirtió “en el centro artístico del país, el lugar donde los artistas se reúnen a discutir sobre su oficio y donde hacen sus exposiciones”, dice Serrano. En calidad de director de la Escuela, Santa María organizó la exhibición del centenario y por primera vez en Colombia se inauguró una exposición en la que los cuadros habían sido elegidos con criterio, teniendo en cuenta qué era importante en el arte del momento. Fue él quien les abrió las puertas de la Escuela a las mujeres, nombró a la artista Rosa Ponce de Portocarrero como profesora y admitió a Margarita Holguín y Caro como estudiante. “Con Santa María, la Escuela se orienta hacia la modernidad”, dice Serrano.
 
Por esa misma época, la crítica de arte colombiana dio sus primeros pasos. Con motivo de la exhibición nacional de arte de 1904, en la que Santa María expuso varios cuadros, los escritores Maximiliano Grillo, Ricardo Hinestroza Daza y Baldomero Sanín Cano discutieron en Revista Contemporánea sobre la obra del bogotano y sobre la propuesta artística de los impresionistas.
 
En 1911, tras una oleada de duras críticas por su labor como director de la Escuela y por su estilo artístico de pincelada libre y gruesa, Santa María regresó a vivir a Europa y se instaló en Bruselas. En 1936, el Palacio de Bellas Artes de la capital belga inauguró una importante retrospectiva de su obra con 97 piezas, que la crítica belga recibió muy bien. Además, a la inauguración asistieron importantes diplomáticos, aristócratas del país europeo y conocedores del arte. Un año más tarde, una retrospectiva similar se estrenó en las galerías New Burlington de Londres, esta vez con 125 obras.
 
Santa María murió en Bruselas en 1945. En 1948, el Museo Nacional de Colombia organizó una exposición de su obra. La inauguración estaba planeada para el 9 de abril, pero el Bogotazo obligó a que se retrasara. Cuenta Eduardo Serrano en su libro Andrés de Santa María (1988) que el clima político hizo que pasara relativamente desapercibida. En 1971, el museo volvió a inaugurar una exposición de la obra del artista con 126 cuadros, 44 de los cuales nunca se habían visto en Colombia y 20 de ellos llevaban 60 años sin ver la luz.
 
Con esta exposición, organizada por Gloria Zea, Santa María alcanzó renombre, regresó a la memoria de los colombianos y por primera vez se expusieron en el país las obras casi corpóreas de su etapa tardía. “Yo pienso que realmente es en el 71 cuando Santa María empieza a coger valor económicamente desde el punto de vista de los coleccionistas en Colombia,” dice Serrano.