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Barcelona, la ciudad que va más allá de las tres B

Por El Espectador | 28 Abril, 2014 - 18:59
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Es una de las ciudades más atractivas de Europa. Una pequeña metrópoli llena de fútbol, arquitectura, historia, bares y plazas de mercado.

Un profesor catalán decía alguna vez que Barcelona podría ser catalogada como la ciudad de las tres B, haciéndole honor al Barcelona FC, a la Boquería (una emblemática plaza de mercado con más de 250 años) y a los bares, que se encuentran por docenas a lo largo de sus calles.

Pero si todo el encanto de la capital catalana fuera solamente esas tres B sería muy fácil hacer un plan de 36 horas. Bastaría con un buen desayuno con bocata de tortilla de patata o fuet, un recorrido por la plaza y ver un partido de fútbol de la liga española, la de Campeones o la Copa Europa.

Sin embargo, Barcelona es un destino infinito, inagotable. Es una pequeña metrópoli en la que uno puede escuchar más idiomas por metro cuadrado que en cualquier otro lugar del mundo, no sólo por la gran cantidad de nacionalidades de sus turistas, sino porque una caminata por las estrechas calles de la ciudad antigua se convierten en un verdadero ‘roce’ global.


Llegar a BCN —el apócope inventado por los creativos de la estrategia turística— es toda una experiencia en cualquier época del año, sin los extremos fríos del inverno de las ciudades del norte de España y con el calor refrescante del verano mediterráneo. Tiene la ventaja de que el aeropuerto del Prat queda a muy pocos minutos del centro. Así que lo primero que hay que hacer es tomar un autobús para recorrer la Plaza Cataluña, el epicentro turístico de la ciudad.

Durante el viaje es posible apreciar la Gran Vía de las Cortes Catalanas y la Plaza España, dueña de dos joyas arquitectónicas: el Palacio de Monjuic, sede del Museo Nacional de Arte de Cataluña, y las torres venecianas, réplica de las del reloj de la Plaza de San Marcos en Venecia.

Al llegar a la Plaza Cataluña vale la pena caminar por las Ramblas, la calle más importante de la ciudad, para acceder a tres barrios de los que uno no quisiera salir jamás: El Raval, El Born y la Barceloneta, todos llenos de historia y cultura. Actualmente son habitados por inmigrantes, músicos, pintores y estudiantes de arquitectura de todas partes del mundo.

En la Rambla Cataluña está la Boquería, lugar obligado no sólo para comprar, sino para tomase una foto y apreciar cómo exhiben de manera magistral los frutos de la tierra y el mar Mediterráneo. Por esta amplia calle peatonal también se puede llegar al puerto de Colón, donde están la gigante estatua del descubridor de América, la antigua oficina de correos y el Maremágnum, un centro comercial con vista al mar y con algunos restaurantes.

Rumbo al mar se pueden encontrar toda clase de menús que ostentan lo mejor de la comida española. Un sitio obligado para deleitar el paladar es la champañería Can Paixano, un legendario bar en donde la norma es tomar una copa de licor por cada tres sánduches de jamón ibérico, morcilla, pernil o cualquier tipo de tapa a base de queso manchego o aceitunas.

Luego de comer, el mejor plan es caminar por la playa, esa que no existía antes de los Juegos Olímpicos de 1992 y que hoy se ha convertido en un sitio turístico de grandes restaurantes, casinos y bares que se funden en medio de salsa y bachata. 

Allí se puede tomar el metro hasta Paseo de Gracia —una especie de quinta avenida catalana —en donde hay que visitar dos templos de la arquitectura de la ciudad, la Casa Batlló, obra emblemática de Gaudí hoy convertida en museo, y La Pedrera, la última obra civil que construyó este arquitecto antes de dedicarse a la que tal vez podría ser su obra máxima: La Sagrada Familia, una iglesia que lleva más de 100 años en construcción y a la que hay que ir a las siete de la noche a escuchar el evangelio en Catalán, el idioma oficial de esta comunidad separatista.

Después de la misa es momento del tapeo. Los españoles acostumbran recorrer varios bares durante la noche, en los que comen pequeñas porciones de deliciosas preparaciones. Hay que ir al menos a tres para probar las patatas bravas, los boquerones, la tortilla, el pantumaca (pan con tomate y aceite de oliva), el bacalao con pimientos, las gambas al ajillo y el pulpo a la gallega.

Hacia la media noche, de regreso al puerto Olímpico, el único objetivo es bailar hasta el amanecer. Sitios como el Fizz, el Salsa Music Art Bar, Opium o Ipanema Beach se encargan de que la fiesta sea inolvidable. Terminada la marcha —como llaman los españoles a la noche de rumba— nada mejor que un chocolate con churros en la churrería de Marina o un buen bocata.

Después de 36 horas de diversión y magia, no queda otro remedio que dormir en el avión y tratar de recuperar fuerzas. Barcelona no es simplemente la ciudad de las tres B como decía aquel profesor, a esa pequeña metrópoli le cabe todo el alfabeto y le quedan faltando adjetivos para describirla.

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