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El día en el que Marco Pantani se inmortalizó en el Tour

Por Jesús Miguel De La Hoz/ El Espectador | 30 Junio, 2017 - 14:02
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El pedalista italiano ganó de manera memorable la etapa 15 de la Grande Boucle en 1998. Ese día empezó a definir la victoria a su favor.

Hubo un tiempo en el que los piratas conquistaban montañas. Un tiempo mítico en el que volaban hacia arriba, en el que escalaban las cumbres francesas y las coronaban de una manera tan fascinante que esas gestas se quedaban grabadas en la memoria. Pero esos piratas ya no viven más. Han pasado 17 años desde la última vez que uno compitió en el Tour de Francia y 19 desde la gran proeza de uno que siempre será recordado: Marco Pantani.

El italiano escribió su nombre en la historia del ciclismo con letras doradas. Lo imprimió tan bien que muchos practicantes de este deporte aún lo veneran. Su hito será difícilmente olvidado, se hablará de él por generaciones. Porque fue un día en el que Pantani aplastó a todos sus competidores en el ascenso al Galibier. Fue una victoria que rememoró los tiempos de Fausto Coppi y Gino Bartali. Fue una etapa en la que hizo que Italia se levantara y aplaudiera. Y no solo Italia. También se unieron a ese vitoreo Francia y la Alemania de Jan Ullrich, el ciclista que padeció el mágico ascenso del italiano. El que perdió una ventaja de 3:01 minutos y terminó a 5:56 minutos en la general.

Ese 27 de julio de 1998 Pantani fue Pantani en su máxima expresión. Apareció como salido de algún cuento, como un personaje de aventuras, como un héroe de ficción. Volvió a darle renombre a un deporte que se encontraba en un momento delicado, por el recordado caso Festina. Fue un ataque sin compasión. Apareció el pedalista heroico, capaz de vencer a los más brillantes. De volverlos añicos. Pantani ese día pasó a la historia: ganó el Tour. O mejor, lo salvó.

El italiano nunca se había vestido de amarillo, pero ese día era para él. Fue un ciclista de otros tiempos, de ese del que los relatos hablan y recuerdan de forma melancólica. Era un modelo anticuado pero útil. Muchos lo veían para ser protagonista en las etapas montañosas. Y así lo hizo. Respondió cuando la carretera se empinó hasta que encontró su momento, hasta que maduró y obtuvo un triunfo antológico.

Desde hace años el Tour no vivía una etapa de montaña de ese talante. Con esas diferencias. Pantani fue un pirata y atacó como tal. Todo estaba fríamente calculado. Fue descomunal. A su impresionante calidad en el ascenso, a esa inevitable necesidad que tiene para atacar, une el enfoque y la precisión. Pantani diseñó la jornada que necesitaba para darle la vuelta a la clasificación general del Tour. Lo hizo con la inteligencia precisa para adivinar cuál era el momento del golpe. Se fue para perderse de vista definitivamente. Y, desde ese momento, el paisaje se oscureció para Ullrich.

Pantani dirigió el ascenso a su gusto. No había comparación posible con otros escaladores. Nadie podía seguirle, nadie estaba preparado para ayudarle. Estaba solo: él contra el mundo. Obtuvo una ventaja que parecía inalcanzable en la cumbre del Galibier, pero no le importó esperar a otros para aprovechar el largo descenso. Eso sí, una vez apareció el último puerto de montaña, era inútil establecer alguna alianza. Se fue sin atacar. Se fue porque vuela en la montaña.

Ullrich había dado ya todos los síntomas de la derrota. Con las piernas cansadas pedaleó incansablemente, pero su velocidad no fue suficiente para descontarle tiempo al pirata, que le estaba arrebatando la camiseta amarilla. La suerte no lo acompañó, se pinchó y el segundero parecía acelerar. Había perdido los nervios completamente. Finalizó a más de ocho minutos del italiano. Nunca en los últimos años un campeón defensor del Tour había perdido todas sus opciones en apenas unos kilómetros. A Ullrich le faltó estatura en la derrota y a Pantani le sobró calidad.

Imágenes: Di Hein Ciere - Wikiportrait y Aldo Bolzan, CC BY-SA 3.0