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El encanto del relajado Puerto Vallarta

Por El Espectador | 21 Diciembre, 2018 - 14:00
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Además de sus famosas playas, la ciudad cuenta con un centro histórico, y jardín botánico que lo convierten en un destino perfecto para descansar.

Es la primera semana de octubre y en las calles empedradas del centro de Puerto Vallarta se respira calma. El mismo aire recorre las playas, los hoteles y las montañas que flanquean la Bahía de Banderas. Dicen los locales que es temporada baja en la ciudad, pero en los restaurantes, las principales atracciones turísticas y los diferentes espectáculos, comensales de todas partes del mundo delatan que este es, efectivamente, uno de los destinos más concurridos de México.

No obstante, la atmósfera es relajada. Poco importa el clima, si el mar está picado o si los niveles de ocupación son altos, la tranquilidad es la identidad y el efecto del “puerto más mexicano”.

Se nota en los habitantes. La ciudad es pequeña y todos parecen conocerse. Se tratan con profunda amabilidad y así mismo reciben a los viajeros, como a amigos de toda la vida. Son gente cálida, como las aguas del Pacífico que bañan la bahía. Por eso, y por el sinfín de planes que hay para hacer, es que da tanto gusto visitar Puerto Vallarta.

Solo el paseo por el centro histórico es un espectáculo: las calles cubiertas de piedra, naturalizadas con árboles frondosos, hacen juego con las casas de muros amplios y blancos, engalanados con balcones floridos y rematados por tejados terracota. Contrastan con plazas como la de Lázaro Cárdenas y andenes como los que recorren la calle Basilio Badillo, que tienen quioscos y bancas cubiertas de mosaicos coloridos. Las guirnaldas de papel picado colgadas en lo alto, de un lado al otro de la vía, terminan de componer una postal colonial.

Con esa atmósfera, no es de extrañar que los locales llamen al sitio la “Zona Romántica”. No importa la hora, es perfecta para dar un paseo, pues además de hoteles boutique, poco a poco las viejas casonas se han ido convirtiendo en restaurantes, galerías y hasta bares para salir a divertirse en las noches.

A pocos pasos de allí se encuentra la Plaza de Armas, donde generalmente hay una banda tocando y, al frente, la iglesia de Guadalupe, uno de los edificios icónicos de Puerto Vallarta gracias a la corona de la torre del reloj que, se dice, es una réplica de la corona de la emperatriz Carlota de México. Si tiene suerte durante su visita, y es una fecha especial, puede que logre ver cómo se celebran misas acompañadas de mariachis.

El sitio, siempre lleno de vida, también está cerca de dos de las postales más reconocidas del pueblo: la escultura del caballito de mar, montado por un niño desnudo, y los arcos del malecón, que funcionan como un anfiteatro al aire libre, escenario de diversos espectáculos artísticos, cómicos y circenses, además del lugar perfecto para disfrutar de un atardecer vallartense, matizado de naranja, rojo, rosa, azul y violeta.

Junto al encanto urbano, el puerto enamora con su riqueza natural. Sin irse lejos, está la playa Los Muertos, única en la ciudad con muelle propio, restaurantes y bares, así como el sitio perfecto para lanzarse en paracaídas. El plan predilecto, sin embargo, no es otro que el de tomar el sol y relajarse.

Para quienes buscan algo un poco más alejado, privado, está la opción de viajar a Majahuitas, a poco menos de dos horas en yate. No es una isla, pero es un paraíso de palmeras y playas vírgenes al que solo se llega en bote para hacer esnórquel, ecoturismo o descansar. Una situación similar se vive en las caletas, el lugar donde la selva y la playa se encuentran. Es perfecto para practicar deportes acuáticos, vivir experiencias con delfines y leones marinos rescatados e incluso presenciar un espectáculo lleno de simbolismo mexicano, al nivel del Circo del Sol, llamado Savia, rodeado por 3.000 velas y antorchas.

Ambos lugares son operados por Vallarta Adventures, que zarpa todos los días desde la Marina del pueblo. Actualmente la instalación se encuentra en remodelación, pero el próximo año espera convertirse en una atracción turística por sí misma: Puerto Mágico, pues será hogar del acuario más grande de Latinoamérica y de una réplica de una fábrica tequilera.

Otros espacios naturales que vale la pena están hacia el sur, donde las aguas son más cristalinas y la arena más blanca. Allí se encuentra Mismaloya, una playa rodeada de selva, escenario de películas como La noche de la iguana y Depredador. Dos arcos de piedra cubiertos de vegetación se levantan sobre el mar. El lugar, que es un santuario natural, es punto de encuentro de diversas aves como los pájaros bobos de patas azules, además de un refugio para incontables especies de peces, lo que lo convierten en un punto atractivo para practicar buceo y esnórquel.

Desde allí se puede tomar camino hacia el Jardín Botánico, una reserva de 28 hectáreas dedicada a las plantas endémicas de la región. Alberga un orquideario con más de 300 especies, incontables variedades de cactus e incluso un centro de visitantes con forma de hacienda colonial. La paz que se respira en el lugar lo hace un espacio muy evocativo, ideal para eventos como matrimonios. La presencia de colibríes, a los que se puede alimentar, solo suma a la magia.

Otro lugar para conectarse con los animales nativos es el hotel Marriott, que tiene un programa de protección de tortugas marinas. Para ello cuentan con un vivero donde protegen e incuban de manera natural los huevos para luego liberarlos durante el amanecer o el atardecer, cuando hay menos depredadores, en una actividad donde involucran a los huéspedes.

Con la paz que se respira todo el año, la riqueza cultural y la abundancia natural que posee Puerto Vallarta, no es de extrañar que sea una de las ciudades más visitadas de México. El hecho de que ahora se pueda llegar con mayor facilidad, gracias a la nueva ruta directa inaugurada desde Panamá por Copa Airlines, lo hace un destino doblemente atractivo.

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