Artículos

¿Existe el orgasmo ideal?

Por Carlos Torres/ Cromos/ El Espectador | 6 Julio, 2017 - 13:06
  • pexels-photo-193356.jpeg

La respuesta es sí. Lo difícil es fijar una ruta para alcanzarlo. Una médica y un sexólogo dan pistas para lograrlo.

El acto sexual se puede dividir en varias fases. En primer lugar se encuentra el deseo; en el segundo, la excitación; luego, el orgasmo; y después está la eyaculación. Por último está la resolución (tramo en el que es prohibido preguntar “¿Te viniste?”).  El lector o la lectora que ha caminado las cinco fases es un amante distinto. Es decir, está leyendo una nota que ya tiene dentro, que ha experimentado. Si es de los que se sienten familiarizados con algunas fases, que ha dado brincos en desorden, quizás le interese recorrerlas enteras, sin tomar atajos, ejecutando uno por uno el deseo, la excitación, el orgasmo… De pronto así llega a ser de los que son capaces de realizar el ciclo completo. Y se inmortaliza. Un buen polvo es inolvidable. Recordar es bonito y es hermoso hacerlo por un buen desempeño. Del rico y del sucio.
 
A la publicista Marcela Méndez le está gustando su compañero de trabajo, Diego. Ella siente que por fin le atrae. Pensó que no iba a caer en su predecible coqueteo de oficina. ¿Será que de pronto lo único que quiere es acostarse con alguien y, para no ponerse a buscar en Tinder, mejor acepta la invitación de Diego? Una invitación a oír música y tomar vino es un eufemismo. Si fuera por Marcela, entraría al apartamento de Diego rumbo a su habitación. Actuaría sin preámbulos. Le sobra fe y a Diego le tiene expectativa. A medianoche es imposible seguir jugando al diálogo en la sala. Marcela quiere que se la coman, que la suban a las estrellas; pero si él se expone, ella está dispuesta a tomar las riendas. Diego está febril, nunca lo había visto mirarla así. En la cama se besan. Hay algo de caricias, de lengua, de exploración corporal con la boca. Solo algo de todo lo anterior. Diego no se aguanta y penetra. Marcela no está preparada, por eso se desconecta. Aterriza de totazo, ya es pura cabeza, seso. Sus instintos desaparecen en el aire, como si hubieran movido la rama sobre la que estaban firmes. Mientras ella piensa, Diego penetra, mecánico. Ni siquiera lo hace lento. Parece que replicara lo que ve en el porno. A sus  30 años, Marcela es víctima de otro mal polvo.
 
“El orgasmo es una explosión nerviosa, que produce un estado alterado. En segundos se sienten pequeñas muertes, contracciones en los músculos genitales y anales”. Definir el orgasmo como lo hace la médica Liliana Arias es quizás la parte fácil. El desafío está en logralo. Por ahora, disponemos de una recta con forma de colina y de unas fases sexuales puestas de principio a fin. ¿Cómo se hace entonces? “Si el sexo antes era un tabú, hoy adolece de muchos mandatos. Es peligroso el concepto de orgasmo ideal, porque lo que es ideal para mí, quizás no lo es para otros”, sugiere el sexólogo Ezequiel López Peralta. Para Liliana Arias, médica especialista en medicina familiar y en cienciología clínica, es pretencioso fijar una respuesta. “Existen orgasmos sin penetración, orgasmos de próstata, clitoridianos y uterinos. A cada uno se llega por vías diversas. Sin embargo, lo que puedo sugerir es tener apertura mental, estar dispuestos a tener buen sexo. Deben valorar las partes del cuerpo, para las que hay caricias específicas”, anota.
 
 
Una persona curiosa, que tenga la habilidad de ponerse en los pies del otro y que se permita explorar, investigar y analizar cómo reacciona su pareja frente a ciertos estímulos es candidata a no repetir la historia de Marcela y Diego. “El mapa erótico femenino es distinto al del hombre. A ellas les puede erotizar una buena conversación y buena música. Sentirse en confianza abre el  abanico para experimentar. Las mujeres son más táctiles y auditivas, son de estímulos oportunamente dados. El hombre es visual. Se erecta con facilidad, incluso si la mujer todavía no se ha quitado la ropa”, dice López Peralta.
 
Al consultorio de la médica Liliana Arias llega una mujer con dolor pélvico. Su molestia no es para alarmarse, pero sí necesita saber qué le ocurre. ¿Qué me pasa?, dice la paciente. La médica procede a revisar. Luego pregunta: “¿Hace poco tuvo sexo?”. La mujer asiente tímida y sostiene que, mientras no se le quite el dolor, cuando le hablen de acostarse con alguien va a preferir pensar en el cambio climático. Describe sus últimas dos horas. El diagnóstico salta como una pequeña pelota de goma en la cabeza de Liliana. Al segundo bote ella la agarra en el aire. Es su turno de hablar: la mujer tiene un vaso de congestión, producto de la sangre que se le ha acumulado en la zona pélvica. Es como el dedo al que le amarran fuerte un caucho, que al rato empieza a cambiar de color hasta que el dolor es insoportable. Liliana le indica que la pelvis estará bien, que es cuestión de esperar una hora para que se normalice la circulación.
 
¿Por qué estoy pasando por esto?, le consulta la paciente, más tranquila. Porque no llegó al orgasmo, le responde Liliana. Son esporádicos los casos en que se congestionan los vasos sanguíneos después del sexo. A la médica le gustaría saber si la persona con quien estaba pudo llegar a la cima del orgasmo. Pero no le incumbe.  También piensa en las otras mujeres que tienen sexo a medias.
 
La respuesta de Liliana Arias se oye fuerte: "No". Para las lectoras y los lectores que lo disciernen, pero no lo pueden dilucidar, la médica  se  anticipa: "El orgasmo es involuntario, la eyaculación no, es delibarada. El orgasmo se conecta con la zona del cerebro ubicada detrás de la frente, que controla la consciencia del cuerpo y que en pleno acto se apaga, baja su actividad, la persona siente que se va". ¿Y la eyaculación? En las fases del sexo, lo oportuno en los hombres "es venirse" en milésimas de segundos después del orgasmo, mientras que en las mujeres la ruta es eyacular a los 20 segundos". Por más que el orgasmo y la eyaculación en hombres y mujeres sucedan en tiempos diferentes, ese espacio en el que los implicados son capaces de dejarse ir, en el que, presos de sus instintos, se despojan de la razón, es el desenlace ideal que inmortaliza un polvo.