Artículos

Hotel boutique colombiano se inspira en castillos medievales

Por El Espectador | 10 Julio, 2014 - 16:26
  • hotel_castillo.jpg

A dos horas y media de Bogotá, por la vía Tunja-Paipa, se esconde un paraíso. Oicatá y Toca sorprenden con sus paisajes y un extraordinario hotel boutique.

Su construcción duró dos años y sus puertas permanecieron cerradas 48 meses debido a disputas familiares. Finalmente el dueño, un prestigioso médico de la Universidad Nacional que suele salir a entrenar los domingos con el ciclista Nairo Quintana, se animó a regresar a la vida este paraíso.

Inspirado en los palacios medievales nació Refugio Castillo del Viento, un hotel boutique en medio de las montañas y lagos del centro del departamento de Boyacá.

Son cuatro habitaciones (rey, doncella, reina y duquesa), tres restaurantes y un impresionante spa con sauna, turco, jacuzzis calientes al aire libre, tinas con sales del mar Muerto, cabinas de masajes y una piscina con chorros que caen del techo.

El sonido del agua y los olores silvestres crean un ambiente distendido y agradable que se respira desde que se apaga el carro. Los planes incluyen la estadía, las comidas y un ritual. Salvo reservas especiales, no se aceptan menores de edad.

El silencio y la tranquilidad son los tesoros más sagrados del lugar. De la carta son imperdibles un jugo de guayaba en leche de soya y trocitos de bocadillo; la típica arepa boyacense rellena de cuajada, pero casi tres veces más grande de lo normal; un fundido de queso con arequipe; la trucha en varias presentaciones, y los vinos de la cava.

Cuando cae la noche y un viento helado se cuela por entre los pasajes y las cinco entradas que tiene este refugio —custodiado por armaduras que revisten las paredes de ladrillo—, reconforta entrar a la habitación y dormirse con el calor de la chimenea y la cama tibia por cuenta de un par de bolsas de agua caliente que discretamente han sido acomodadas a los pies.

Si la estadía coincide con las fiestas de la Virgen del Carmen retumba la pólvora y un espectáculo de luces cubre el cielo de Oicatá, un pequeño pueblo de casi 60 kilómetros cuadrados que forma parte de la ruta de las Hinojosa.

Este proyecto turístico, inspirado en la historia de dos mujeres de la alta sociedad boyacense que durante la Colonia escandalizaron por sus comportamientos libertinos mal vistos para la época, nació en 2005 con el objetivo de impulsar el turismo por Tunja y sus alrededores.

Soracá, Siachoque, Toca, Tuta, Cómbita, Oicatá y Chivatá integran el recorrido. Un fin de semana es suficiente para disfrutar de los paisajes que rodean Oicatá y Tocá. Las montañas parecen retazos cubiertos con distintas tonalidades de verdes, naranjas y amarillos; abundan las ovejas y los caminos son solitarios y todavía con pocas construcciones a sus lados.

Los domingos es común ver a algunos taxistas de Tunja con sus familias disfrutando del famoso paseo de olla.

Las tiendas y los billares de ambos pueblos están repletos de jóvenes que gastan el tiempo tomando cerveza, las campanas de las iglesias retumban antes de mediodía invitando a la misa y la plaza central se llena de frutas, verduras y un par de puestos de mazorca, morcilla, carne y chunchullo. La vida transcurre despacio y aparentemente sin preocupaciones. A unos 20 minutos de Toca está la laguna. El viento sopla con fuerza obligando a los pocos visitantes a no quitarse sus chaquetas a pesar del sol. Solamente hay un restaurante.

Pescar y pasear en kayac son las principales actividades recreativas y de vez en cuando uno que otro kitesurfista vuela sobre sus aguas ante los ojos incrédulos de los habitantes de la región. Es un paraíso todavía solitario, de gente amable que lleva orgullosa la ruana, que vive del campo y poco a poco comienza a abrirle la puerta al turismo.

>