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La maestría tras las animaciones

Por Facundo Macchi/ El Observador | 16 Septiembre, 2019 - 10:30
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Aunque tanto en formato de series como en el cine las animaciones suelen relegarse al ámbito infantil, muchas de estas producciones destacan por sus historias y arte.

Hace ya un par de años, cuando estaba sumergida en sus tesis de doctorado, la española Laura Montero participó de un congreso que convocó a personalidades de toda la academia europea, que por aquel entonces se concentraba en abordar exclusivamente temas “exquisitos”. Allí se encontró con un historiador reconocido dentro del medio. El hombre, bastante entrado en años, se puso a conversar con ella y le preguntó en qué andaban sus asuntos. Montero le respondió que hacía un buen tiempo estaba trabajando en un proyecto de tesis ambicioso, pero que la tenía obsesionada: el cine de animé japonés. El historiador la miró incrédulo y le dio el pésame. 

De estas anécdotas, que ahora recuerda con gracia, la experta tiene muchísimas. Es que históricamente las culturas occidentales –con algunas excepciones como la francesa– consideran a la animación como un arte menor. Desde los “dibujitos” hasta las películas “infantiles”, las categorías peyorativas a las que se rebaja desde siempre a la animación en Hollywood echó una sombra sobre este tipo de cine de la que todavía no pudo escapar.

Montero, que es doctora en Historia del cine con énfasis en animación japonesa, es una de esas estudiosas que quiere demostrar exactamente lo contrario, que dentro del universo de la animación hay mucho más que princesas de vestido y animales parlanchines que las orientan en sus hazañas de 90 minutos y a todo color. 

“La gente sigue pensando que la animación es para niños o una cosa rara que va a un festival de cine que ven cuatro frikis y ya está”, dice Montero. Y agrega: “Lo primero que tenemos que erradicar es la idea de que la animación es un género. La animación no es un género, es un medio para contar historias. Una vez que como consumidores y realizadores superemos esa barrera, se abrirá un mundo de posibilidades porque con la animación puedes cubrir muchos géneros y dirigirte a varios tipos de público”.  

Ella se dio cuenta de esto mirando animé japonés. Se encontró en el cine con una película de 1997, La princesa Mononoke. “Siempre me había gustado la animación, pero en Europa la presencia de Disney está muy alargada, era casi todo lo que conocía. Mononoke me pareció una película de muchas capas, con unos personajes de una riqueza que yo no había visto jamás en una película de animación. Entonces decidí tirar de ese hilo”, recuerda.

La tesis de Montero, la misma de la que la academia se reía y miraba por encima del hombro, se transformó en un libro que agotó su primera edición en tres semanas y ahora ya lleva ocho reediciones. ¿Será que la animación es solo un tema de cuatro frikis?

Una pulseada fuerte

En el último tiempo, la animación tuvo un despegue revisitando viejas fórmulas para conquistar al público adulto. En medio de una urgente crisis narrativa en los grandes estudios, las industrias del cine y el entretenimiento están apelando a la nostalgia. El ejemplo más evidente es el éxito obsceno que tienen las películas de superhéroes en la actualidad. La última entrega de Los Vengadores es la película con más entradas vendidas en la historia del cine comercial. Uno de los motivos del éxito es que aquellos niños que crecieron alimentando sus cerebros con los cómics de Marvel en las décadas de 1980 y 1990, ahora tienen el poder adquisitivo suficiente como para comprar una entrada al cine, un balde de pop y un vaso de refresco. 

Algo parecido está pasando con la animación en televisión. Quienes crecieron viendo dibujos en canales de cable como Nickelodeon y Cartoon Network en los 90 –la época dorada de los dibujos animados en la pantalla chica– no rechazan este tipo de formatos en series para adultos porque conocen mejor que ninguna otra generación el lenguaje de la animación. Netflix (sí, el gigante de streaming no podía quedarse al margen) capitalizó esta causa-consecuencia del consumo cultural y lanzó una seguidilla de series animadas, pensadas para un público mayor. ¿Las más conocidas y exitosas? Rick and Morty, Big Mouth, BoJack Horseman y Enchanted.

El cine no corrió la misma suerte. En los últimos años hubo algunos intentos de lanzar películas de animación para adultos, pero ninguna funcionó. Esto, claro, teniendo en cuenta películas que salen desde las entrañas de Hollywood porque tal como explica Montero, el cine japonés siempre entendió la animación como un camino para contar historias memorables y profundas, tal como le corresponde al buen cine. La especialista española lo resume así: “En Japón no hay ningún tipo de vergüenza porque alguien lea manga o vaya a ver cine de animación, es otra codificación”. En este lado del mundo, parece que hay que tener una excusa para terminar sentado en una butaca mirando la última de Pixar.

El camino que está tomando el cine comercial con respecto la animación está direccionado hacia el 3D. Montero pone como ejemplo reciente la última reversión de la historia de El rey león, que se hizo con imágenes procesadas por computadora. “¿El rey león imagen real o animación? Es animación, pero no se le dice así porque es como despreciar una película”, cuestiona. Lo mismo con películas que se componen prácticamente de efectos visuales animados. 

Para no ser injustos, hay algunos ejemplos de buen cine de animación comercial. Los últimos hitazos de Pixar, como Intensamente Coco, son historias potentes y con una narración muy cuidada, aunque no dejan de ser películas que se venden para un público infantil. Y tampoco dejan de ser películas que aplican los mismos recursos que el cine de animación japonés para conectar con los adultos.

Pixar está muy influido por el trabajo de Hayao Miyazaki, un reconocido director de animación japonés que logró que una de sus películas de animé, El viaje de Chihiro, ganara un premio Oscar en 2001. Aunque para Montero, como para otro montón de estudiosos del cine, los premios no son más que “un concurso de misses” en el que, de tanto en tanto y por casualidad, se reconoce a la mejor película del año. “Cuando los animadores de Pixar estaban haciendo Toy Story y se bloqueaban, ponían escenas de Mi vecino Totoro, otra gran obra de Miyazaki, para inspirarse. Eso de hacer películas animadas con guiños para adultos viene de Japón. Son muy buenos contando historias universales”, explica Montero.

La animación no es cosa de niños. Falta que quienes dirigen la batuta en la industria, hagan algo con eso. 

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