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La magia de conocer Kenia desde las nubes

Por Christian Byfield / El Espectador | 28 Diciembre, 2018 - 15:00
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Conocer el Maasai Mara es todo un espectáculo, pero se vuelve a ún más impresionante desde un globo aerostático.

"Wake up call, your coffee is ready”, oigo esa frase lejos, muy lejos. No sé si estoy soñando o es la realidad. Abro los ojos, sigue muy oscuro, mi cabeza me recuerda que estoy en la mitad del Maasai Mara, en el sudoeste de Kenia, y un globo de colores espera por nosotros para ver el amanecer volando. ¡Ahí todo cambia de sentido, a las 5:30 a.m. debíamos estar en la camioneta para ir al safari! Tomás, mi compañero, se levanta, y para darle ánimo solo dije: “es hora de montar el globo”.

Un guardia Maasai nos acompaña hasta el parqueadero. Nos subimos en la camioneta de safari, nos acompañan dos mujeres alemanas: madre de 79 años e hija de 59. Nunca supe sus nombres. Nos saludamos y nos contaron que todos los años, la hija le prepara a su madre una sorpresa especial para su cumpleaños, este año fue un amanecer a bordo de un globo en las sabanas africanas. La hija dice que el próximo será un salto en bungy, en Suráfrica.

Caminamos hacia el globo. Una acacia solitaria resalta en la mitad de la sabana del Maasai Mara. Mi corazón palpita de la felicidad. Somos 11 pasajeros listos para volar. El Capitán se presenta y dice “iremos a donde el viento nos quiera llevar. Nosotros controlamos altura, el viento, nuestro destino”. El vuelo dura aproximadamente una hora y media, dependiendo de las condiciones climáticas.

El guía nos señala a lo lejos y dice: “esas montañas son en Tanzania, y no podemos volar en globo a otro país”, manda una carcajada. Dos ventiladores se prenden, uno a cada lado de la canasta. Lentamente se ve cómo se va inflando el globo que nos llevará de safari (significa viaje en Swahili). El capitán prende la llama, ese sonido es algo que uno siempre recordará del viaje. Cuando está totalmente elevado, paran la canasta acaparada y nos llaman a abordar.

Lentamente nos elevamos, se ve la sabana entera desde el aire, los árboles solitarios, pequeños ríos y varios animales empiezan a aparecer en nuestro campo visual. Los impalas comiendo, los jabalíes (pumba) corren con su cola bien parada, las cebras nos miran, se agrupan, caminan juntas lejos del globo. Ver los animales desde el aire es otro cuento. Es muy emocionante ver todo ese hermoso paisaje.

El piloto nos señala dos águilas que acaban de aterrizar en un árbol alto, las observamos, es algo increíble lo que está pasando, muchos estímulos positivos para la vida. Nuestro capitán vuelve a señalar y veo una mancha más amarilla que la sabana, con melena y colmillos. Tenemos un león reposando en la cima de una montaña, se ve tranquilo, unos 100 metros adelante más de 15 jirafas pendientes del león, todas mirando con atención.

Un safari de este tipo es otro cuento, es como ver el parque en versión maqueta, donde uno puede tener una visión más completa (de horizonte a horizonte) de lo que está pasando. Nuestro vuelo sigue, es hora de poner una canción con la que asocio los safaris, este continente, The circle of life del Rey León. Cada pasajero habla consigo mismo, es una meditación interna y profunda. En un momento, el Capitán avisa el posible punto de aterrizaje a sus ayudantes de tierra.

En la lejanía se ve un cardumen de unos 300 búfalos, por lo visto el viento nos llevaría hacia ellos. Ese gran suceso hace que nuestro vuelo se alargue un poco para poder sobrevolar la manada. La sombra del globo se empieza a acercar a la manada, el globo la sigue. Al descender nos acercamos a la sombra, a los búfalos, estos nos miran, nosotros los miramos, caminan rápido. Una vez los pasamos, y a una distancia prudente, estábamos listos para aterrizar y agradecerle al viento por su empujón.

Nos sentamos, nos agarramos de las cuerdas, miro hacia arriba, veo al piloto haciendo sus malabares para aterrizar fácilmente. El capitán dice “get ready for the first attempt”. A la cuarta rebotada la canasta se volteó de una manera controlada. Quedamos acostados sobre un lado de la canasta mirando al cielo. La salida, algo complicada. Tomás ayuda a la madre a salir de la canasta. Los ayudantes de tierra nos esperaban para ir a desayunar.

Una mesa con mantel blanco y rojo en la mitad de la sabana, chefs con sus gorros blancos nos sirven una comida deliciosa. Al bajarnos del carro, una copa de champaña nos esperaba, es algo típico de la montada en globo. Respiro profundo, miro al horizonte, le agradezco a la vida por este vuelo, por todo esto que está pasando. 

Sonrío, siento el viento pasar, ese viento que me trajo hasta acá en un globo lleno de colores.

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