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La magia que esconde Praga

Por María Alejandra Moreno Tinjacá* / El Espectador | 11 Abril, 2019 - 15:00
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Historias de duendes y hadas se mezclan con guerras mundiales y el arte de Kafka en los pasajes de este lugar.

Hay destinos que se guardan en el corazón y que antes fueron anhelos por conocer, recorrer y disfrutar. Lugares que habitualmente no nombramos en los planes, pero que cuando se presenta la opción de visitarlos se advierte conexión con ellos, parecen familiares, son como los cuentos que escuchábamos en la infancia, las novelas con increíbles historias que nos hicieron emocionar o los recorridos de una historia que parecía lejana o irreal. Son escenarios que nos conectan con lo más profundo del alma y nos llevan a descubrir que sí existen los sueños que nos mueven la vida.

Mágicos, sublimes, poderosos, sobran los calificativos para exaltar un destino al que se puede regresar muchas veces sin agotar la mirada. Esta es la sensación y los recuerdos que quedan al visitar Praga, capital de la República Checa. Además de la gratitud por recibir ese regalo del cielo, la memoria guarda como un tesoro todo lo visto en sus calles. Desde que el avión inicia su descenso a Praga se advierten los techos de colores de sus casas y un enorme tapete verde con matices de los campos de trigo, que constituyen la antesala de un espectáculo majestuoso. A 15 minutos del aeropuerto está el centro, repleto de hoteles, restaurantes y plazas.

El recorrido deja contemplar un horizonte de casas altísimas con esculturas en sus fachadas, ratoncitos colgantes, duendes y arte por todo lado. Las calles son angostas, empinadas, llenas de piedras y adoquines. Todo es mágico, parece una fábula. La primera noche, al recorrer sus espacios, se escuchan conversaciones y cantos y se ve a decenas de caminantes por el barrio Malá Strana, que traduce Ciudad Pequeña. Este es uno de los distritos más antiguos de Praga, donde además se ubican los principales museos, galerías y la famosa iglesia Nuestra Señora Victoriosa, hogar del Niño Jesús de Praga.

Vestido de color púrpura por estos tiempos de Cuaresma, el Niño Jesús de Praga, más que una reliquia de reconocimiento universal satisface los anhelos de los corazones creyentes, y por eso a diario es visitado por miles de feligreses que con mucha fe esperan milagros. Es el santuario barroco más antiguo de la ciudad y, entre obras de arte de excepcional belleza, los visitantes pueden conocer la historia de esta maravilla del mundo espiritual cristiano, en la mitad de la ciudadela de Malá Strana, exaltada por los arquitectos como la perla del Barroco, y enclave de palacios que hoy sirven como embajadas.

También se le conoce como la Ciudad Pequeña por sus calles estrechas y coloridas, decoradas por vistosos muros dedicados al arte. Entre ellos se destaca el dedicado al beatle John Lennon, ubicado en la plaza Velkoprevorské Námestí, con diversas fotografías del artista, fragmentos de sus canciones y mensajes pacifistas escritos en checo para simbolizar a los jóvenes que se levantaron contra el comunismo. Lucie, una de las guías de turismo, refiere que “cuando el régimen veía que pintaban al artista, inmediatamente lo borraban, pero al día siguiente aparecían nuevos trazos y más mensajes de paz, que los comunistas consideraron subversivos”.

Hoy, el muro sigue en pie como un símbolo de libertad y, entre las frases que lo enmarcan se lee: “El amor siempre es suficiente”. Creo que siempre es suficiente. La calle del muro conecta con el Canal del Diablo, donde un duende junto a un molino oficia como guardián de las aguas. El canal mantiene lleno de candados que los enamorados dejan para sellar su amor. A unas tres cuadras está la calle más angosta de la ciudad. Por ella solo puede pasar una persona y hasta tiene semáforo. En esa misma ruta se puede visitar el museo dedicado a la memoria del escritor Franz Kafka, con cartas originales y ediciones de sus libros.

En la entrada se advierte una escultura compuesta por dos hombres orinando encima de un mapa de la República Checa. La obra es del irreverente artista David Cerný. Desde el museo   se divisa, a lo lejos, en la vieja ciudad el puente de Carlos, una estructura que en cada recodo relata una parte de la historia de Praga. Cabe resaltar que, en todo el recorrido, se percibe en las calles un olor a dulce, a canela, a calidez de hogar. Un camino de encantos en una ciudad que respira arte, cultura e historia por todos sus flancos. Al terminar la Malá Strana se erige una de las torres que dan paso al puente de Carlos.

En su antesala sobresalen las tiendas de souvenirs y de trdlo, una de las recetas tradicionales de la ciudad, compuesta de rollos de canela con helado. Ver a centenares de turistas con uno en la mano comprueba su atractivo. La entrada del puente es majestuosa y empieza con una torre considerada como una de las construcciones góticas más emblemáticas del mundo. Al cruzarla da una sensación de alegría, como si el tiempo se detuviera y transportara a otra época. Como los demás turistas, es imposible no detenerse a contemplarlo y recorrer sus 500 metros, paso a paso, recobrando la historia, tomando fotos o escuchando el rumor del río Moldava.

A los lados del puente hay 35 estatuas. Una de las que más llaman la atención es la de san Juan Nepomucemo, santo y mártir por no revelar su secreto de confesión. La leyenda cuenta que lo lanzaron desde la mitad del puente y ahora otorga milagros. Por eso los turistas se aglomeran para tocarla con devoción y hacer sus peticiones. Ni el más incrédulo quiere perderse la novedad. Al concluir los 500 metros está la segunda torre, que conecta con la Ciudad Vieja (Staré Mesto en checo), Patrimonio de la Humanidad según la Unesco. Allí se observa un monumento en honor al rey Carlos IV, que fundó la Universidad de Praga, autorizó la construcción del puente y contribuyó a la expansión de la ciudad.

La Ciudad Vieja es un lugar pintoresco. Data del siglo IX y ha sido testigo de invasiones militares, dos guerras mundiales y, principalmente, la dictadura nazi que ocupó el país. Mientras se avanza por el casco antiguo, emergen figuras de guerreros que sostienen las construcciones, esclavos que se rebelaron y artistas que dejaron parte de su alma en el lugar. Uno de los más importantes es el músico Wolfgang Amadeus Mozart, de quien se dice que compuso algunas de sus obras maestras en esta ciudad enigmática. Sin embargo, son los personajes mitológicos quienes custodian la ciudad, junto a los extraños dragones que mantienen el orden.

Hay fuentes de agua en todas partes y, al fondo de este paisaje irrepetible, se impone el reloj astronómico de Praga (Staromestský Orloj en idioma checo), otro de los atractivos turísticos. Cuando cae la tarde, alrededor del reloj empieza el paseo de los apóstoles, como una antesala a la catedral. El paso previo al último recorrido por el casco antiguo hasta acceder al barrio judío. En él se encuentra el museo que rinde homenaje a las 80.000 personas que perecieron en el holocausto nazi en la Segunda Guerra Mundial. Las casas que fueron habitadas por víctimas tienen placas doradas para honrar su memoria. En la parte superior de las puertas se observa la estrella de David con un sombrero.

En este mismo contexto, no se puede dejar de visitar la sinagoga Viejo-Nueva, que en tiempos idos sufrió devastadores incendios, pero resistió a las llamas como si la protegieran fuerzas sobrenaturales. La leyenda cuenta que allí se entrecruzan el plano de Dios y el del hombre. Por eso la protegen ángeles que se transforman en palomas blancas. Si se presenta un incendio, con sus alas impiden que la sinagoga sea consumida por las llamas. Esta fuerza sobrenatural, dicen sus habitantes, protege a Praga de los tiempos difíciles. Los últimos pasos, bajo los destellos de la luna, conducen al lado opuesto del puente de Carlos, desde donde se advierte el Castillo de Praga, sede del Parlamento.

No alcanzan las palabras de un artículo de prensa para describir todo lo que significa Praga. En pocas palabras, constituye un recorrido por la historia del mundo, la capacidad creativa de los grandes artistas de Europa y varios siglos de humanidad atravesada por senderos en los que se entrecruzan la ficción, la leyenda y la memoria. Si bien sus andenes también guardan momentos de dolor de recuerdos inquisidores, Praga demuestra cómo se puede dignificar a una ciudad desde la perspectiva de demostrar que no deben repetirse los errores del pasado.

*Invitación Oficina de Turismo de la República Checa.

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