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La sentimental llegada de Bruce Springsteen a Broadway

Por Nicolás Tabárez/ El Observador | 4 Enero, 2019 - 09:29
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El músico estadounidense ofrece un espectáculo en el que sus clásicos y su historia personal se va entrelazando.

Sin quitarse una sola prenda, Bruce Springsteen queda desnudo sobre el escenario. Se arranca la piel. Muestra su cerebro, su alma. Agarra el corazón y se lo expone a la platea, y más allá, a los espectadores que ven el show en sus casas, desde que se estrenó en Netflix.
Ese es el resultado de Springsteen on Broadway, uno de los vistazos más íntimos y cercanos al músico de 69 años, y la “secuela” indirecta de su autobiografía Born to run, publicada originalmente en 2016.

Algunos de los temas y reflexiones del libro están en este show. De hecho, el cantautor recita algunos pasajes del extenso texto. Pero también profundiza en algunos asuntos que representaban los más jugosos de su biografía como, por ejemplo, su vínculo con su padre, un hombre de ascendencia irlandesa, alcohólico y esquizofrénico.  “Mi padre fue mi gran héroe. Y también mi mayor enemigo”, comenta mirando al vacío. 


Springsteen, depresivo desde 1982, ha tenido como una de sus grandes sombras las enfermedades mentales. Y aunque no las menciona directamente, se entiende que su legado y la posibilidad de transmitírselas a sus hijos también lo afectan. En otro punto habla sobre su madre de 93 años, que padece Alzheimer, pero que aún “siente el impulso de bailar”, en referencia al poder sanador de la música.

Introspectivo y minimalista, el show de dos horas y media que puede verse en la plataforma de streaming es solo uno de los 236 que el estadounidense dio en el teatro Walter Kerr de Broadway, en Nueva York, entre octubre de 2017 y diciembre de 2018. 

Con un piano, una guitarra acústica, una armónica y su voz como todo armamento, el artista se enfrenta solo al público. Y las canciones se van intercalando con reflexiones, pensamientos, memorias y chistes. Antes incluso de empezar a cantar, Springsteen habla del ADN, del condicionamiento que da la familia y los genes, pero también de la capacidad de definirse a uno mismo individualmente. 

Emotiva y simpática, la presentación tiene tanto de musical como de teatral, jugando también con el lugar en el que se realiza el espectáculo, célebre como polo de teatros y shows musicales. 

Con mucho humor, Springsteen abre diciendo que todas las canciones son “inventadas, sin basarse en la experiencia personal”, una falacia importante. Pero es parte también del juego que hace todo el tiempo, mezclando pasajes más livianos con otros más serios. 

Growin’up es la primera canción interpretada –en una versión narrada de 12 minutos– en la que entre chistes y poesía habla sobre crecer y sobre su infancia. Recuerda, por ejemplo, el momento en el que se enamoró del rock. Fue una noche de domingo de 1956, cuando en la pantalla de la televisión apareció un tal Elvis (al que Springsteen nunca nombra directamente) en el programa de variedades de Ed Sullivan, y con un “orgasmo de diversión”, le hizo ver al joven Bruce que había un nuevo mundo ante sus ojos. 

“La guitarra era como la espada en la piedra”, recita también allí, comparando al instrumento con un arma libertadora. Porque para él, el rock y la música fueron sobre todo, herramientas de liberación, independencia y felicidad. Fue en esa infancia y juventud en la ciudad de Freehold, Nueva Jersey, rodeado “de Dios y los parientes”, donde definió su camino; la música le permitía alejarse de su hogar y conocer más.

El artista lo define al decir que se hizo músico porque así podía salir de las fronteras de Freehold, en una época en la que los horizontes eran mucho más limitados que en el mundo del cable, de MTV, y más acá, de internet. Pone como ejemplo que en su infancia no conoció a nadie que hubiera estado en Nueva York, ciudad que está a apenas una hora de distancia de su localidad natal. “Y podía acostarme tarde y levantarme tarde”, acota también Springsteen sobre las razones que lo llevaron a colgarse una guitarra y salir por el mundo con sus canciones. 

Además de su historia personal, el artista también dedica los pasajes más conversados del espectáculo a relatar el origen de algunos de sus hits, que no faltan en la presentación, además de señalar que cuando la situación política de su país lo ha requerido, con su obra se ha dedicado a señalar los problemas. 

Tal es el caso de Born in the U.S.A, una de sus canciones más conocidas,  que nació de una charla con el exsoldado y escritor Ron Kovic, autor de Nacido el 4 de julio, el libro que luego se convirtió en la película homónima protagonizada por Tom Cruise y dirigida por Oliver Stone. 

El dramatismo y el dolor de los jóvenes que volvían de la guerra de Vietnam inspiró ese tema, y el conflicto surge varias veces en el discurso entre músico y platea, con Springsteen preguntándose “¿Quién fue en mi lugar a la guerra?”, antes de lanzarse a una versión del tema, que aquí se convierte en una melodía de ambientación western.


La política vuelve al ruedo antes de The Ghost of Tom Joad, donde de una forma muy sobria y lateral, el músico también critica a Donald Trump. 

En el espectáculo hay también lugar para el amor y los homenajes, tanto a colegas caídos en el camino como a los compañeros que siguen al lado. El saxofonista Clarence Clemons, integrante fundamental de la E Street Band, el grupo de acompañamiento de Springsteen, es homenajeado en Tenth Avenue Freeze-out, mientras que en Brilliant Disguise, luego de una reflexión sobre la mortalidad y la necesidad de elegir correctamente a una pareja, aparece en escena la única invitada del show: su esposa Patti Scialfa. 

Springsteen on Broadway se disfruta mucho más como fanático, pero incluso para aquellos que no son fervientes admiradores de “el Jefe”, es una oportunidad excelente para ver a un músico abriendo su pecho frente al público, en un show con un peso emotivo y una sensibilidad impresionante que lo sacan de las tradicionales grabaciones en estadios repletos. 

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