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Los encantos arquitectónicos de Chicago

Por Leonardo Botero / El Espectador | 27 Diciembre, 2018 - 11:00
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La ciudad se reinventó después del incendio de 1871, acumulando edificaciones que hoy la hacen un referente mundial.

Desde el lago Michigan, uno de los dos grandes afluentes que rodean a Chicago, se puede observar el centro de la capital de Illinois. La imagen, en medio de un invierno que ya empieza a torturar hasta a los más acostumbrados con sus -5 °C, parece la típica postal de una ciudad estadounidense: luces encendidas en todo momento, el ruido que llega de las sirenas de autos de policías que recorren las calles a toda velocidad y edificios altos, todos juntos, imponentes. Una vista que se repite en otros lugares, como el Planetario Adler (el primero del país).

En ese mismo barco, en una noche de finales de noviembre, es fácil identificar algunas de las edificaciones, como la Torre Willis —o Torre Sears—, que en los años 90 ostentó el título del rascacielos más alto del mundo y hoy es el segundo más alto de Estados Unidos; el John Hancock Center, con su mirador 360° Chicago; la Marina City, dos torres de 179 m de altura cada una y que tienen forma de mazorca; la Trump Tower, que originalmente sería la torre más alta del mundo, pero tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 los planes cambiaron, o el Carbide & Carbon Building, construido en 1929 —antes de la Gran Depresión— que se asemeja una botella de champaña.

Aquellas edificaciones, y tantas otras, son un reflejo de lo que es Chicago: una ciudad que se cuenta a sí misma, a partir de sus edificaciones, que desde finales del siglo XIX se convirtió en un referente (tanto mundial como nacional) en arquitectura y que, además, la convirtió en un atractivo turístico. Pero no siempre fue así. La capital de Illinois era una ciudad de madera, un material que acabó con un buen pedazo de la ciudad, ese mismo terreno en el que hoy se levantan esos íconos arquitectónicos de concreto y acero.

El gran incendio de 1871 y la ciudad a prueba de fuego

En la segunda mitad del siglo XIX, Chicago, que había empezado su crecimiento apenas un siglo antes, se había convertido en una de las urbes más importantes de Estados Unidos. Era reconocida, entre otras cosas, como una ciudad ganadera, además, estar ubicada en la costa del lago Michigan, la convirtió en un punto obligatorio de comercio.

Pero esa bonanza se vio frustrada en 1871, cuando la población de la ciudad era alrededor de 300.000 personas. Entre el 8 y el 10 de octubre un incendio destruyó, hasta los cimientos, más 17.000 edificaciones, 300 personas murieron y más de 100.000 quedaron sin un lugar donde vivir. Las hipótesis, todas ahora imposibles de comprobar, son variadas —y hasta descabelladas—: que fue intencional, que fue ocasionado por un cometa e, incluso, que la culpable fue una vaca.

Pero Chicago no se quedó en intentar comprender el por qué. Al contrario, lo convirtió en una oportunidad para rehacerse. Y, después de siglo y medio, esa decisión se mantiene como legado, tanto así, que es una ciudad que se reinventa desde sus cimientos según las necesidades, y si en 1871 fue un incendio, ahora es la preocupación por convertirse en una ciudad sostenible, como lo explican en el Centro de Arquitectura de Chicago, una preocupación que surge de la proyección de que en 2050 el 70 % de la población mundial vivirá en una ciudad.

Fue tal el avance que, apenas 22 años después —en 1893—, la ciudad fue escogida como la anfitriona de la Exposición Universal, una feria celebrada entre marzo y octubre de ese año en la que se conmemoró el cuarto centenario de la llegada de Cristóbal Colón a América y que contó con más de 27,5 millones de visitantes. Gracias a la exposición, por la que Chicago empezó a ser conocida como la Ciudad Blanca.

Menos de veinte años después (1909), los arquitectos Daniel Burnham y Edward H. Bennett diseñaron el Plan Chicago, en el que se planteaba un nuevo desarrollo urbanístico y, aunque no se ejecutó completamente, sí sirvió —aún lo hace— como punto de referencia para las generaciones venideras.

Llegaron, pues, arquitectos de la altura de Frank Lloyd Wright o Ludwig Mies van der Rohe y estilos nuevos que sirvieron para que hoy Chicago siga siendo una escuela para los aficionados y los estudiosos de esta disciplina. En las calles de la capital de Illinios, que se convierten en un museo de fachadas cambiantes, es común, pues, encontrar edificios de movimientos como el art déco, la beaux-art (en referencia al estilo enseñado en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París), el neogótico y hasta el posmoderno.

Aun así, para entender la dimensión de esto, es necesario pararse en el Loop, el centro financiero de Chicago, que está rodeado por los rieles del tren de la ciudad. Estando allí, puede ser frente al Instituto de Arquitectura (aunque si es invierno, es mejor hacerlo solo si se tiene la suficiente protección por los gélidos vientos que llegan) y alzar la vista para dejarse deslumbrar por los edificios, que se suceden unos a otros y se extienden por metros hacia el cielo. Solo en ese momento es posible comprender la magnitud de una ciudad que convirtió la necesidad de habitar los espacios en un atractivo turístico.

*Invitado por Avianca.

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