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Los pros y los contras de dejar la gran ciudad

Por Camila Bello/ El Observador | 11 Diciembre, 2017 - 11:58
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Viven a más de 90 kilómetros de la metrópoli y viajan a diario a trabajar: privilegian la vida tranquila del campo o la costa.

El Observador | Desayuna en un bosque rodeado por más de 80 árboles. A veces come frutillas que cosechó de su huerta, otras tantas tiene frutas orgánicas que le vende un vecino. Lee los diarios en internet, contesta mails, pero sabe que su computadora desentona con lo que lo rodea. Se prepara temprano en la mañana y enseguida sale, porque hay 120 kilómetros que separan su casa de su trabajo.

La vida de Mauricio Rabufetti (42) en Colonia Valdense es muy distinta a la que lleva en Montevideo. Es periodista y trabaja en una agencia de noticias. Si bien la redacción está en la capital, con su esposa decidieron trasladarse al interior en 2011 porque querían que sus hijos crecieran "entendiendo la relación entre el hombre y la naturaleza". Ella es ingeniera agrónoma y trabaja allá, él recorre todos los días la ruta 1 en los dos sentidos.

Los fines de semana en su casa, a solo una hora y media de su trabajo en la capital, son muy parecidos a unas vacaciones. "Yo vivo donde la gente viene a descansar", afirma el periodista. Hay una playa cerca a la que van a jugar con sus hijos, también andan a caballo en una chacra que tienen a pocos kilómetros y salen en bicicleta a comprar queso y dulces caseros.

Por eso, aunque algunos de sus amigos tienen que recorrer los más de cien kilómetros para comer un asado juntos, su casa se convirtió en un centro de reunión. También formaron un grupo con los vecinos, sobre todo extranjeros, que al igual que ellos optaron por la vida en Colonia Valdense.

Pero la distancia también tiene sus desventajas. Si bien el interior es más barato que Montevideo, Rabufetti gasta miles de pesos al mes en nafta. Viaja todos los días a la capital en auto y eso encarece su costo de vida. A veces comparte el coche con amigos, otras maneja solo y piensa cómo empezar la nota que tiene que escribir. Intenta no usar el ómnibus porque demora más y no lo deja en su trabajo, sino en la terminal de Tres Cruces.

"Qué bien nos haría un buen servicio de trenes", considera. El periodista, que vivió en distintas ciudades del mundo antes de instalarse en Colonia, cree que una oferta de transporte más eficiente ayudaría a eliminar la "montevideonitis aguda que sufren los uruguayos".

Además, la distancia le quita tiempo con sus hijos. Si bien su trabajo como corresponsal le permite un horario flexible, pasa más de tres horas al día en la ruta. Rabufetti trata de hacerse un rato para llevarlos al colegio y luego viaja a Montevideo, donde está la mayor parte de la jornada.

Para compensar la pérdida, los fines de semana invierte "tiempo de calidad" con los niños. Juegan a la escondida en el bosque que tienen alrededor de su casa, cosechan juntos verduras de la huerta y en los próximos días compartirán en la chacra el parto de una yegua, que está preñada de un potrillo.

Esos momentos en familia lo ayudan a sostener el esfuerzo que implica recorrer 240 kilómetros a diario. Rabufetti está convencido de que Colonia Valdense "es la mejor opción" en este momento, pero no descarta mudarse en el futuro. Pueden terminar en Montevideo, en otro departamento o en el exterior. "Con mi esposa siempre nos apoyamos en todo, sin ella sería muy difícil que yo pudiera llevar esta rutina", considera.

Volver al interior

En Uruguay hay 124.780 personas que todos los días viajan a otro departamento a trabajar. Según datos del censo de 2011, las personas que viven en Canelones y San José son las que más lo hacen. A su vez, las mujeres se desplazan menos que los hombres: mientras 47.539 mujeres trabajan lejos de sus casas, son 77.241 los hombres que viajan todos los días a otro departamento.

Marcelo (34) es uno de ellos. Se desempeña como administrativo en la sede central del Ministerio del Interior y vive en la ciudad de San José, a 90 kilómetros de Montevideo. Sobre las 6 de la mañana se toma el ómnibus y duerme en el camino, porque antes de las 8 empieza su horario. Si bien trabaja seis horas, pasa más de 10 fuera de su casa.

Con su esposa se mudaron porque a ella le surgió una oportunidad laboral en el interior. La decisión implicaba que él tendría que viajar todos los días, pero la idea de vivir en San José pudo más: él se crió en Flores y ansiaba salir de la capital. Hace más de tres años que se levanta al alba y aunque reconoce que es un esfuerzo, prioriza estar lejos de Montevideo.

San José, a su vez, les dio una mejor calidad de vida. En la capital alquilaban un apartamento en Jacinto Vera y por el mismo dinero consiguieron una casa con fondo en el interior. Y aunque Marcelo gasta más de $ 5 mil por mes en pasajes de ómnibus, el costo de vida es más bajo y los números ahora les cierran mejor.

De todos modos, reconoce que en la capital hay más servicios y eso lo extraña. Cuando quieren comprarse ropa, ver un estreno de cine o salir a cenar, viajan 90 kilómetros porque en San José las opciones son más limitadas. Acostumbrados a la oferta cultural que tenían cuando vivían en Montevideo, no dejan que la distancia los aleje de ella.

Sin embargo, Marcelo valora el descanso que tiene en el interior. Dice que antes vivía nervioso y acelerado, porque dormía con el ruido de los ómnibus y de la calle. Ahora puede ir al almacén en chancletas y si se olvidó de llevar la billetera, lo anotan en una libreta y paga luego. "No me había dado cuenta de que andaba preocupado, pero después de que me mudé noté el cambio", cuenta.

Está tan feliz con la vida que lleva en San José que planea pedir un pase en su trabajo e instalarse de forma definitiva en esa ciudad. Marcelo y su esposa esperan criar a su hijo allí y brindarle una infancia como la que ellos tuvieron: alejada del bullicio y de la inseguridad capitalina.

La playa como vecina

Vive frente a la costa. Se despierta con el ruido de las olas y si tiene tiempo, sale a pasear al perro por la playa. Hay días de invierno en los que el frío y el viento en la cara lo molestan cuando espera el ómnibus, pero dice que ya se acostumbró. A los 67 años y después de haber vivido toda la vida en Parque Batlle, Diego Estol y su esposa querían un cambio.

Ella dejó de trabajar, él todavía se desempeña como director técnico del Hospital Británico. Todos los días se despierta a las 5 de la mañana, desayuna y se pone un jean cómodo. Aprovecha los 107 kilómetros que separan su casa en Punta Colorada (Maldonado) de su trabajo para descansar. Cuando llega a la oficina en Montevideo, se cambia y se pone la corbata.

Hace un año y medio que esa es su rutina. Al principio intentó hacer el trayecto en auto, pero luego se dio cuenta de que era muy cansador y más caro. Ya conoce a los guardas y a los choferes, también conversa con los vecinos que se toman el ómnibus con él. Dice que son siempre los mismos y si está dormido cuando están por llegar, lo despiertan.

Ahora Estol lee más, descansa mejor y casi no mira televisión. Afirma que aprendió a aprovechar el tiempo, por lo que a veces utiliza el viaje en ómnibus para adelantar trabajo. Sin embargo, cuando se lo toma para volver a su casa, cambia "el chip" e intenta desprenderse de su rol.

"Uno a veces viene tenso de la ciudad, lleno de angustias humanas –yo soy médico– y el contacto con la naturaleza me hace bien. Elegimos alejarnos para tener una vida más sana", agrega.

Los fines de semana los pasan en Punta Colorada. Invitan a su familia, a sus amigos y todos comparten un asado. Construyeron la casa con la idea de recibir gente y por eso hay un lugar en la planta baja que tiene independencia del resto, para que los visitantes puedan quedarse a dormir.

Estol cree que la distancia no lo alejó de sus seres queridos, sino todo lo contrario. Cuenta que no tienen necesidad de viajar a la capital en su tiempo libre, de hecho, su esposa solo volvió cuatro veces a Montevideo desde que viven en el balneario. El médico está convencido de que su casa se transformó en un lugar de encuentro y en el que la gente "se desenchufa" cuando los visita.

A pocos años de su jubilación, Punta Colorada es el lugar donde Estol y su esposa eligieron pasar la vejez. También tienen un campo en Soca (Canelones) y se dividen entre los dos lugares. Según él, la costa y el medio rural son "bien diferentes", pero juntos lo ayudan a deshacerse del estrés capitalino vinculado a su trabajo.

"Esperamos vivir en Punta Colorada hasta que nos dé el cuerpo", agrega. Con los hijos ya grandes e independientes, el médico y su esposa encontraron en el balneario un lugar en donde descansar después de haber pasado la vida entera a pocas cuadras del centro de Montevideo.