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Tailandia, una sorpresa interminable de playas, templos y sabores

Por Lifestyle.com / El Espectador | 3 Diciembre, 2014 - 07:16
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Bangkok tiene muchos atractivos, entre ellos el Palacio Real que se asemeja al domicilio divino donde reinan los dioses reencarnados.

El solo hecho de viajar a Tailandia es todo un reto. Son, por lo menos, dos escalas: una en Estados Unidos y otra en Japón. En algunos casos la travesía puede durar hasta dos días. Y entonces uno llega a Bangkok. Como se le conoce en Occidente.

Su nombre real traducido al español es: ciudad de ángeles, la gran ciudad, la ciudad de joya eterna, la ciudad impenetrable del dios Indra, la magnífica capital del mundo dotada con nueve gemas preciosas, la ciudad feliz, que abunda en un colosal Palacio Real que se asemeja al domicilio divino donde reinan los dioses reencarnados, una ciudad brindada por Indra y construida por Vishnukam. Pero los tailandeses, para no enredarse, la llaman Krung Thep Mahanakhon: la ciudad de los ángeles.

Bangkok es una urbe de contrastes, de rascacielos y casas a medio construir al lado del río Chao Phraya, la columna vertebral de la capital de Tailandia, hogar de 8 millones de personas. Lo primero que hay que notar, y es vital hacerlo, es que debido a la influencia británica, los tailandeses manejan por la izquierda.

En lo que al transporte se refiere hay metro, tren ligero, buses, taxis, botes y tuk tuk. Pintorescos mototaxis que son como bichitos cruzando la ciudad.

Son muchos sus atractivos. Para conocerlos puede, por ejemplo, tomar un bote en el puerto de Saphan Taksin y adquirir un tiquete que le permita bajarse varias veces. Cuesta 150 bahts (US$4,6). Pero, si quiere ahorrar, puede comprar un tiquete directo hacia la parada que prefiera, cuyo precio no supera los 30 bahts. Puede bajarse en Tha Tien y visitar dos joyas tailandesas: Wat Pho y el Gran Palacio.

Wat traduce templo. Cada vez que vea esta palabra tenga la seguridad de que se va a encontrar con uno. Los templos budistas –por lo menos en Tailandia– son toda una obra de arte. Normalmente son varios en uno, acompañados de altas estructuras llamadas prangs, que semejan pagodas. Parecen pequeñas ciudades religiosas en medio de la gran urbe y Wat Pho es un ejemplo perfecto de ello.

Una advertencia: a estos templos hay que entrar sin zapatos y, en lo posible, en camisetas de manga larga y pantalones. En Wat Pho va a encontrar a un Buda reclinado de 46 metros de largo por 15 de alto que lo va a dejar sin aliento. Una gigantesca escultura dorada e imponente.

A unos cientos de metros se encuentra el Gran Palacio Real y Wat Phra Kaew: el templo del Buda Esmeralda. La entrada a los dos cuesta 500 bahts. Pero lo que va a ver en ese lugar no tiene precio.

A la salida puede cruzar a la otra orilla del Chao Phraya y visitar Wat Arun. Un templo compuesto por varias prangs, que se ha convertido en una postal de Bangkok. Suba la prang central y divise desde lo alto la majestuosidad de Bangkok. Puede, igualmente, visitar alguno de los tantos mercados que hay al lado del Phraya, repletos de frutas y puestos de comida callejera. Vaya con calma para no intoxicarse. Y no es que la comida sea un ‘peligro’. En los puestos no venden nada distinto a pollo, cerdo, pato y muy ocasionalmente res. Pero hay que tener cuidado con las especias. La comida tailandesa es muy condimentada y puede caer mal. También tome precauciones con las bebidas porque a veces usan el agua del Chao Phraya para hacer jugos y no la hierven.

Un mercado muy recomendado es Wa Lang, ubicado a unas cuantas cuadras de Wat Arun. En este lugar se encuentran varios restaurantes dónde comer sin temor a intoxicarse y a un bajo costo. Un plato, en promedio, cuesta 100 bahts (US$3).

Al Norte

No todo es Bangkok. Tailandia tiene tantos destinos que no alcanza el tiempo. Playas al sur y selva al norte y a pocas horas de distancia en tren está Pattaya, la ciudad del pecado tailandés, con sus mundialmente famosos shows de transexuales.

Si los compra con tiempo, los tiquetes aéreos a Phuket (al sur) o Chiang Mai (al norte) pueden conseguirse en 800 bahts (US$24,5) el trayecto. También es posible llegar en tren y cuesta casi lo mismo. Con un aliciente: los trenes tailandeses están equipados con camas muy confortables. De forma que puede ahorrarse el hotel y apreciar el paisaje. Un plan perfecto es tomar un tren hacia Ayyuthaya, la antigua capital imperial y hoy Patrimonio de la Humanidad, que cuesta 20 bahts y luego, en la tarde, subirse a uno rumbo a Chiang Mai.

Chiang Mai es la joya del norte. Con apenas 150 mil habitantes es un descanso frente al ajetreo de Bangkok y hay cuanta excursión se pueda imaginar: visita al Triángulo de Oro (la frontera entre Tailandia, Laos y Birmania y antigua ruta del opio) e, incluso, cruzar a Laos; viaje a Chiang Rai para conocer las padaung, las mujeres cuello de jirafa; o una tarde con un elefante. Trate, eso sí, de adquirir excursiones que no sean crueles con los animales. Hay muchos refugios donde puede pasar un rato muy agradable con ellos, son más caros, valga decirlo, pero la experiencia es mucho más gratificante. Igualmente puede hacer una excusión a la selva tailandesa. Tiene para escoger.

Pero debe estar preparado para muchos retos. El primero de ellos: que no lo entiendan. Hay zonas de Tailandia donde muy pocas personas hablan en inglés. Y nadie habla español, no sea iluso. Pero, lo que es peor, en esas zonas es normal que los avisos estén escritos en tailandés, una lengua con un abecedario similar al sánscrito y, sencillamente, incomprensible para un hispanoparlante o para un angloparlante.

A lo que se suma que los tailandeses son muy serviciales lo cual, pese a todo, puede ser contraproducente porque van a intentar ayudarle así no le entiendan y esto puede agravar todo. Por ello no subestime el poder de un mapa y de la ayuda de algunos de los tantos extranjeros que viven en Tailandia. Y no se rinda. Todo es muy nuevo. Es cierto. Pero todo eso hace parte del viaje.

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