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Walter Arland, el pintor tras la perfección de la obra de arte

Por Giancarlo Calderón/ El Espectador | 18 Enero, 2019 - 13:00
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El artista colombiano se inspira en canciones de vallenato para explorar en su trabajo un "pop art" de colores vibrantes.

“Algo que salió tan mal en la vida no puede salir bien en un libro”. La aguda ocurrencia es de Luisa Márquez, madre de Gabriel García Márquez. De alguna manera, era una protesta frente a la idea, esta vez de su hijo: escribir una crónica novelada a partir de un lamentable suceso que involucraba a parientes y conocidos de su pueblo. A pesar del fatal pronóstico, el libro salió bien. En el universo estético, con el lenguaje artístico como soporte, no hay espacio para temeridades; al revés: lo que muchas veces sale mal en la vida, solo puede salir bien en el arte. Bien, mal: categorías morales que aquí, en cambio, son meras palabras cualitativas.

Dicen que nada es perfecto. En el arte, a veces sí. Esta parece ser una de las premisas o motivaciones de Walter Arland: la imperfección de la realidad, contrapuesta a la perfección de una obra. Y esta potestad la tiene un artista cuando se propone —¿a veces sin hacerlo?— abstraerse del mundo real y crear otro nuevo, único: uno en el que hasta la perfección tiene cabida.

Lo dijo alguien, o muchos: toda pintura es abstracta. Aún más: todo en arte lo es. Puesto que toda pintura, escultura, libro, película, entre otras expresiones, no es otra cosa que una abstracción que el artista hace de cualquiera que sea el entorno en cuestión, una interpretación, una elección, una edición de la realidad: tan múltiple como los ojos que la miran.

Al respecto, Walter comenta: “Lo que trato de hacer es trabajar sobre lo que encuentro en mi entorno. En esa medida busco variedad de temas y tendencias… De cualquier modo, la unidad está en la forma de abstraer una realidad y convertirla en una propia... Considero que el tema en el arte es un pretexto”.

Lo podemos ver, por ejemplo, en la compenetración enternecedora de sus Tobe. En estos, la maternidad y la familia están representados en un estado de unión ideal, con una absoluta armonía que la vida real no brinda tan fácilmente. O en la fraternidad y sensualidad de sus calabazos: singularmente humanizados y convertidos en figuras de voluptuoso erotismo. O la magia magnificada de sus mangos: acaso demasiado perfectos para ser reales, de este mundo. Sí, justo eso: no existen más que en el universo inventado de este pintor. Son los mangos perfectos de Walter Arland.

Menciona, de modo elogioso, el escritor Antonio Caballero en el libro Patadas de ahorcado, que Fernando Botero es uno de los artistas colombianos que intentan hacer su trabajo lo mejor posible.

Es una apreciación escueta y sencilla, en apariencia, que también podría aplicarse al desempeño artístico de Walter Arland. Es un reconocimiento a la pasión y entrega sin reparos por el oficio, por el trabajo detallado: el placer por lo bien hecho, lo bien pensado, lo bien ejecutado, por buscar la mejor forma para satisfacer un concepto estético propio y, por tanto, entregar todo el esfuerzo para que el público tenga en sus manos y ante sus ojos una exquisita obra de arte.

En la naturaleza muerta plasmada por Arland hay una majestuosidad, un misterio y una precisión admirables, no tanto por un apego excesivo a los elementos de la realidad, sino más bien a la perfección de las formas, de los colores escogidos, de la composición calculada con la maestría del oficio pasada por los años.

“La experiencia acumulada en tantos años de trabajo —dice Walter— te va mostrando que el arte es sin duda un camino de mucho trabajo. De observar tu propio proceso, de echar siempre un vistazo interno y saber cómo va tu vida y, en consecuencia, cómo va tu obra. En esto, aunque suene muy sencillo, no hay otra opción más que seguir… pues solo así se puede mejorar y estar en concordancia con lo que uno proyecta, siente y quieren imprimirle a una obra”.

Esto se puede ver también en su incursión, hace un poco menos de diez años, en el denominado pop art. Aquí explora varias potencialidades: su gusto por el dibujo y sus líneas, el depurado manejo de una técnica propia, el dominio de lo geométrico. Y un color más exótico, arriesgado, acertado. Lo vemos en sus ventanas con visos metafísicos, donde la profundidad del mar es acompañada por la cotidianidad de un par de cartas, o unas flores, o un par de dados con números caprichosos.

Sobre esto puntualiza: “Lo del pop se fue dando de modo casi natural, como consecuencia de buscar minimizar lo que quiero expresar… La coherencia en la obra es algo fundamental y en mi caso ese giro, más que técnico, fue conceptual, ya que me permitía expresarme en un lenguaje más sencillo y más contemporáneo, por decirlo de algún modo”.

Esto se aprecia en su homenaje al compositor de La casa en el aire: un mundo lleno de sombreros, acordeones, copas de vino, asientos, botellas de whisky y carros legendarios incrustados en las canciones de Rafael Escalona.

Remata Arland: “A lo largo de la historia, los cuentos y mitos han sido temas recurrentes para los artistas plásticos, y eso fue lo que vi en las canciones de Escalona: historias con un lenguaje simple, breve y conciso, como en el pop”.

A sus 59 años, Walter sigue trabajando, creando. Se siente en una nueva juventud: “La verdadera juventud es la vitalidad para crear y expresarse a través del oficio, del arte… Creo que apenas voy a comenzar a hacer obras interesantes, cosas que había pensado a los veinte y que he gestando por años…”.

Sin duda todavía hay mucho más por expresar por parte de este artista. Y mucho por ver y deleitarse con su obra. Y seguir siendo testigos directos de esta lucha titánica y bella por conseguir lo imposible: una valiente y empecinada búsqueda de la perfección.

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