Reseña

Blade Runner 2049 llega 35 años tarde a la anticipación

Por León A. Martínez/ El Economista.com.mx |  10 Octubre, 2017 - 11:12
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Audiovisual esteticista aborda una discusión que, si con la película de Ridley Scott en 1982 fue anticipatoria, con Denis Villeneuve resulta anacrónica.

Blade Runner 2049, dirigida por el canadiense Denis Villeneuve, resulta en una esteticista y grandilocuente obra audiovisual, que busca afiliarse a la tradición del género de ciencia ficción —también conocido como de “anticipación”— sólo por el uso de autos voladores conducidos por humanoides sintéticos. Con anticipaciones que son ya lugares comunes del género y una larga extensión en la que el director busca encajar vínculos con lo que se supone su precuela: Blade Runer (1982) de Ridley Scott, al tiempo que establece a nuevos personajes y traiciona la memoria de los previos, la obra de Villeneuve no está a la altura de una espera de 35 años.

En la primera entrega, los Blade Runners son una fuerza de cazarrecompensas compuesta por humanos que daban caza a replicantes renegados. Los replicantes son humanoides sintéticos fabricados como fuerza de trabajo para ayudar a colonizar otros mundos. El caracter mercenario de los Blade Runners aportaba la ambigüedad moral necesaria para hacer de Rick Deckard (Harrison Ford), el cazarrecompensas que protagoniza la película original, un antihéroe que se encontraba en medio de algo que le rebasaba. Con permiso para “retirar” a lo que se considera una máquina fuera de control, la vida de Deckard será salvada al final de la película por uno de los replicantes (Roy, interpretado por Rutger Hauer) a los que da caza, en una demostración de una empatía improbable en “algo” que fue diseñado para no tenerla.

Deckard además establece una relación con un replicante femenino —Rachel—, de la que se enamora, renunciando a retirarla y huyendo con ella para evitar que otro Blade Runner la elimine. De este punto parte la película de Villeneuve, que explora qué fue lo que pasó con Deckard y Rachel.

Para esta nueva película, la caza de replicantes es una tarea de la que se encargan los nuevos modelos de androides que cuentan con prestaciones tales como un mejor desempeño que las versiones previas y mayor obediencia a los humanos. K, replicante que da caza a los renegados, es un solitario humanoide, interpretado por un inexpresivo Ryan Gosling, que de no ser por el efecto Kuleshov, jamás nos enteraríamos de qué emoción pretende expresar a cuadro. En uno de sus habituales retiros de replicantes, K se ve envuelto en una intriga que involucra a Deckard y a Rachel.

La película de Villeneuve sigue al replicante K y sus pesquisas que buscan indagar sobre el descubrimiento de los réstos óseos de una replicante con claros signos de haber pasado por una cesárea hace más de 30 años, algo que se sabía imposible hasta entonces. Las órdenes que recibirá el androide K de su superior es buscar al producto de esa concepción, y borrar toda huella de ello.

Es el caracter de androide de K lo que impide al espectador situarse en dilemas ante las acciones del personaje. Villeneuve espera que sean la soledad de K —que palia con una asistente virtual holográfica— y su deseo de ser humano lo que nos haga empatizar con el humanoide que caza a sus iguales. Deckard, en cambio, tenía como motivación inicial cobrar recompensa por cada replicante retirado, para luego sucumbir a la belleza inhumana de Rachel y sentir agradecimiento por Roy al ser salvado por él. La forma en que Scott lleva al espectador —de la mano de Deckard— de considerar a los replicantes como máquinas asesinas a formas de existencia que hacen cuestionar la misma humanidad de los humanos es posible gracias a la moral utilitarista del personaje de Harrison Ford.

Villeneuve, en cambio, nos presenta a un Deckard con una ética moral que lo sitúa en una dimensión casi heróica. En la trama de la cinta del realizador canadiense el antiguo cazarrecompensas vive en un exilio autoimpuesto que significa una renuncia a lo que ama en pos de un bien mayor. El vividor persiste en la sonrisa socarrona de Ford, pero ya nada queda del Deckard antihéroe. Por otro lado, el replicante Blade Runner K es más un Pinocchio que busca cumplir con la virtud para entonces convertirse en un niño de verdad, carente de ambages morales. El cine negro de la película de Scott, con sus juegos de sombras y medias luces, detectives, intrigas y femmes fatales, deja lugar ahora a lo que se asemeja al proceso seguido en una serie policiaca, donde al final culpables e inocentes, víctimas y victimarios, quedan claramente establecidos.

En ambas películas la memoria es un punto central. Un humano se distingue de un replicante porque el primero posee memorias reales de su vida, a diferencia del androide, al que se le han implantado memorias ficticias para hacerlo estable en su trato con los humanos. El gran problema que enfrenta la obra de Villeneuve radica precisamente en la memoria. Quienes vieron la película realizada por Ridley Scott en 1982, tienen memorias muy precisas sobre la obra. Scott implantó en cada espectador con su obra imágenes muy vívidas, diálogos que generaban emociones —basta recordar el monólogo de la muerte del androide Roy bajo la lluvia— y cuestionamientos de caracter ético. Blade Runner 2049 intenta una reactulización innecesaria de la memoria de Blade Runner.

Ya Lewis Carrol hacía que su Alicia A través del espejo se apenara por no contar con una memoria que recordara las cosas antes de que sucedieran. “It's a poor sort of memory that only works backwards” (Es un tipo de memoria pobre la que sólo funciona hacia atrás), le revira la Reina a Alicia. La memoria de Scott acertó en anticipar y popularizar cuestiones que son hoy tan vigentes como hace más de 30 años. Nos dotó de una memoria que “recordó” las cosas antes de que sucedieran. La de Villeneuve es la memoria de un sólo sentido que acusa Alicia, que sólo puede ver hacia lo que ya sucedió, y es en ello en lo que va a la zaga de Blade Runner.

Blade Runner 2049 llega tarde a una discusión que, si con Scott fue anticipatoria, con Villeneuve resulta anacrónica. Máxime cuando la inteligencia artificial nos acompaña a todos lados en su advocación de smartphone, y la creación de humanos sintéticos está, en el más conservador de los cálculos, a 20 años de nosotros.