Reseña

Confitería Colombo, una máquina del tiempo

Por Loreto Oda Marín |  29 Mayo, 2014 - 15:35
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A media cuadra de una estrecha calle de adoquines, en Rua Gonçalves Dias, se encuentra esta confitería fundada en 1894 en Río de Janeiro, Brasil. La experiencia comienza al poner un pie en este lugar y va más allá de su carta.

Hay lugares mágicos. Ya sea porque son bellos, evocan experiencias, tienen historia o son una especie de máquina del tiempo. Bueno, la Confitería Colombo reúne todo eso y más.

Estaba de viaje en Río de Janeiro, Brasil, cuando me pasaron el dato que debía ir a ese lugar con más 100 años de historia. El brasileño que me lo recomendó me confidenció que ese lugar era sinónimo de su infancia, ante eso, no me pude resistir.

Me dio las indicaciones, me dijo que estaba en el centro, para ser más exactos, en Rua Gonçalves Dias. Así fue como partí en busca de ese café fundado en 1894.

A media cuadra de una estrecha calle de adoquines se encuentra esta confitería que me sorprendió de sobremanera y me deslumbró de inmediato. Lejos quedó mi idea de encontrarme con un lugar pequeño, acogedor, rústico y vintage, creación preconcebida en mi imaginación cuando me dijeron que me dirigía a un lugar fundado a fines del siglo XIX.

Al entrar en la Cafetería Colombo uno deja atrás ese Río de Janeiro actual, ruidoso y en renovación, para trasladarse a ese Río de la Belle Époque.

Colombo es una máquina del tiempo gracias a sus detalles, como los grandes espejos belgas que cuelgan desde las paredes, los muebles de palo rosa, las encimeras de mármol italiano, el piano, la vajilla y la antigua máquina registradora. Pero también por su arquitectura y sus grandes salones, por los inmaculados garzones de cordial atención.

No es de extrañar que este espacio sea parte del Patrimonio Histórico y Artístico de la ciudad y se hiciera famoso como lugar de encuentro de trabajo y bohemia de políticos, periodistas, poetas, literarios y artistas; que en esos salones se recibieran a visitantes como el Rey Alberto de Bélgica, en 1920, a la Reina Isabel de Inglaterra, en 1968, pero que a su vez sea parte de la cotidianidad y recuerdo de varios cariocas.

Pero la magia de este lugar no se refugia solo en su estética, dado que posee una variada carta, que incluye dulces, tortas, ensaladas y panes, entre otras exquisiteces. El chocolate caliente tiene ese toque hogareño, como el que podría haber preparado la abuela, y es servido en una pequeña tetera que queda sobre la mesa, mientras que la torta de maracuyá fue un deleite por su sabor y textura.

La cafetería además cuenta en su entrada con una pequeña tienda, donde se pueden adquirir chocolates, bombones, brownies en una bellas cajas vintage, además de vajilla, tragos, entre otros productos propios del local.

Lugares como la Confitería Colombo permiten no solo disfrutar de un delicioso plato, sino también poder entrever un poco de la historia de la ciudad, imaginar cómo fue parte de ese pasado esplendoroso de una de las ciudades más importantes y bellas de Latinoamérica, ese pasado que destella en la actualidad gracias al reflejo de los grandes espejos que aún cuelgan de esas centenarias murallas cariocas.

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