Reseña

Desarraigo rural en la ciudad: La mirada intensa de "El corral y el viento"

Por La Razón |  1 Mayo, 2014 - 17:07
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La película, recientemente estrenada en un festival de Francia, explora el sentimiento de profundo de desarraigo que experimenta la segunda generación de aquellos que dejaron el campo, un sentimiento de pérdida y al mismo tiempo una meditación de pertenencia continua. El abuelo aymara del realizador vivió en Okola, una pequeña comunidad de campesinos y pescadores a orillas del lago Titicaca.

Miguel Hilari, cineasta y realizador boliviano, presentó su película "El corral y el viento" en el Festival Cinéma du Réel en París. El evento, fundado en 1978, es uno de los mayores festivales de cine documental del mundo, un evento internacional organizado por la Biblioteca Pública de Información de París.

El evento presentó cerca de 200 documentales realizados tanto por profesionales como por nuevos talentos a un público estimado en 17.000 personas en el Centro Pompidou en París. En esta versión, a la categoría “Primeras o segundas películas” se presentaron 2.300 concursantes. 

Para la muestra se seleccionaron sólo nueve películas, entre ellas la del cineasta latinoamericano. En la exhibición estuvo presente un representante de la Embajada de Bolivia en Francia y los representantes de Bolivia ante la Unesco, quienes consultaron con el realizador la posibilidad de incluir su trabajo en una colección de esta agencia de las Naciones Unidas.

La película explora el sentimiento profundo de desarraigo que experimenta la segunda generación de aquellos que dejaron el campo, un sentimiento de pérdida y al mismo tiempo una meditación de pertenencia continua. El abuelo aymara del realizador vivió en Okola, una pequeña comunidad de campesinos y pescadores a orillas del lago Titicaca.

De sus seis hijos solamente uno, Francisco, aún cultiva la tierra ancestral. Los otros emigraron a la ciudad. Miguel, hijo de uno de los hijos que dejaron la comunidad, la visitó desde pequeño. En su diario de niñez anotó la profunda sensación de malestar que sintió.

La película busca entender esta sensación de la infancia, que persiste hasta el presente, a través de las historias de su abuelo, de su tío Francisco y de los niños cuyas familias continúan viviendo de la tierra. Al abuelo aymara de Miguel le fue negada la educación en un sistema de “apartheid” impuesto desde la Colonia. Un sistema que fue derrocado por la Revolución de 1952.

Cuando el abuelo quiso implementar una escuela, le dijeron: “Eres burro y siempre serás burro”. Y fue encerrado en un corral… de burros. En una línea memorable, su hijo Francisco, ahora un hombre mayor, dice: “No deberías hablar de lo que no sabes”. Su nieto Miguel ahora sabe de qué hablar y habla con una sinceridad intransigente, que desafía al espectador.

Su exploración es tierna, divertida y, a veces, asombrosa en su ferocidad. Las esperanzas que los niños tienen en su futuro se expresan a través de poesías de intensidad conmovedora y teatralidad.

Las tomas largas y estáticas dan una idea de la escala de tiempo en esta comunidad rural. El público ve los detalles inquebrantables de la vida de los campesinos aymaras. El realizador evita en todo momento los juicios de valor. El punto de vista que adopta está tanto dentro como fuera del sujeto, alternativa que genera una tensión convincente e inquietante.

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