Reseña

El Potro Rodrigo, lo mejor del amor

Por Cristián Aránguiz |  16 Enero, 2019 - 11:11
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La nueva biopic de Lorena Muñoz (Gilda - No Me Arrepiento de Este Amor) consta de un buen guión, buenas actuaciones, centrando su discurso en los excesos, la pérdida y la soledad que llega con la fama. Pero son esos mismos excesos y el “maquillaje” que se les aplica lo que hace que el drama pierda fuerza y vaya cambiando de ritmo. ¿Hay que verla?, por supuesto.

Entrando al ring del “Luna Park”. Así, convertido en un boxeador Rodrigo “El potro”, uno de los cantantes de cumbia más populares de las década de los noventa en la Argentina da inicio al biopic de un “mito” que, como muchos artistas, termina en tragedia. La película de la cineasta Lorena Muñoz, llegó el circuito de Netflix este mes donde se puede ver si estas suscrito.

Muñoz no es principiante en las tareas de las biografiás musicales llevadas al film. Su primera experiencia fue notable y en el 2016 veía la luz de su mano, la historia de Gilda, otra cantante convertida en “santa” e ídola musical, tras su trágico accidente en una carretera argentina, donde encontró la muerte. Muñoz quiere repetirse el plato y  contar la historia de Rodrigo Bueno “el potro”, que curiosamente encuentra rasgos similares a la de Gilda, no sólo en la música, sino también en el final, la muerte de los padres a temprana edad y la convivencia con un éxito arrollador. 

A diferencia de Gilda, quién siempre fue muy privada con su vida personal y evasiva de escándalos, la historia del potro, los excesos van de la mano a medida que se va adentrando en el escenario musical de la cumbia cordobesa.

De bebote al potro

Rodrigo Bueno, es hijo de músico, por lo que el padre es un tipo que viene y va, no está en casa, la esposa comprende y lo espera, mientras Rodrigo no encaja en la escuela, porque quiere también estar en la carretera, ser músico. La familia lo impulsa, y el camino esta pavimentado para que Rodrigo, primero se el “Bebote” una figura semi-adolescente que cubre temas de otros artistas; y tras la muerte sorpresiva del padre en una parada más en la ruta de conciertos, se produce la metamorfosis, el cambio de donde nace “el potro”.

La película de Muñoz, como todo buen relato cronológico va enumerando el ascenso de un cantante, que se perfila como una sensación por su energía, honestidad e identificación con esa Argentina que es mayoría: la de la bailanta.

Hay ratos que la figura de Rodrigo logra enternecer, y el actor  Rodrigo Romero  a veces logra emocionar, pero sin poder llegar a capturar la esencia de un potro que irradiaba picardía y viveza en la TV Argentina, en sus maratonicas sesiones de cumbias de los días sábados. En otras la caricatura de la autodestrucción oculta el desarrollo a fondo del porqué. Los excesos son el gatillo de conflicto en esta historia de ascenso y descenso personal, donde las mujeres y la droga, son las tentaciones principales que el cordobés encuentra en su camino al estrellato, y eso lo aleja de su familia y termina por dejar de lado a su bebé recién nacido. 

Esta biografía musical, muestra un Rodrigo mujeriego; el adicto está sugerido (porque nunca se ve una escena  clara de consumo) y quizás el que todo  este tan autorizado (ya que la película contó con la asesoría del hijo del desaparecido cantante) hace que sea un descontrol encerrado, limitado, dentro de un buen guión. Sería ilógico pedir más crudeza, pero da la impresión que esta todo tan organizado que el drama pierde fuerza cada vez que “el Potro” baja del escenario. ¿Vale la pena verla? Si, es buena para tarde de sábado, como buen programa de bailanta.

Un consejo: si se anima a verla, primero vea Gilda (recomendada 100%) y si anda con ganas de biopic de cantantes mitológicos de la Argentina, imperdible es Tango Feroz.
 

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