Reseña

La caca se toma la segunda temporada de American Vandal

Por Nicolás Tabárez/ El Observador |  1 Octubre, 2018 - 12:24
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La serie de Netflix parte con una parodia y bromas adolescentes, pero termina con una imagen más sombría.

Los niños lo tienen bien claro hasta que la sociedad les impone el tabú: la caca es graciosa. Hasta la palabra, con esa repetición de sílabas, tiene un tono divertido. Con el tiempo y la madurez se convierte en algo de lo que no se habla, que da asco, que se esconde. Y con esa mezcla de escatología y comedia es que se elabora el conflicto de la segunda temporada de la serie de Netflix American Vandal, que le cae perfecta porque la mayoría de sus protagonistas están justamente a medio camino entre los niños y los adultos: son adolescentes. 

El espíritu de la serie es el mismo que el de la primera entrega. Se presenta como un falso documental, que parodia con gran cercanía a las series que exploran casos policiales sin resolver, y que se han convertido en uno de los géneros favoritos del público en la era del streaming. En la serie, sus creadores, responsables e investigadores son dos estudiantes de secundaria, Peter Maldonado y Sam Ecklund, que filman el documental como un proyecto para su taller audiovisual, investigando una travesura que consistió en pintar 27 penes con spray en los autos de los profesores. El culpable señalado por la escuela era el candidato obvio, pero a los dos investigadores la historia no les cierra y así comienzan a indagar.

En un hilarante caso de metaficción, se cuenta al comienzo de esta segunda temporada que el trabajo liceal fue comprado por Netflix, que aportó recursos para mejorarlo (drones para filmar, mejor presupuesto para los gráficos y las reconstrucciones de crímenes animadas), y lo publicó, convirtiéndolo en un éxito que ameritó una segunda parte. 

En esta continuación, Ecklund y Maldonado reciben, gracias a la fama cosechada en su investigación, un pedido de ayuda de una estudiante de un liceo privado católico, en una ciudad cercana a Seattle, en el noroeste estadounidense. El liceo, St. Bernardine, está en medio de una crisis. Hay un vándalo, el Bandido Fecal, que ya lleva cometidos tres atentados en la institución. Nadie sabe quien es, nadie sabe como lo hace, pero ya ha saboteado una piñata construida para un evento en una clase, rellenándola con heces; lanzado caca de gato por unos cañones de aire comprimido en un festejo del exitoso equipo de básquetbol de la escuela sobre los alumnos, y el gran crimen: La explosión marrón. 

La limonada que se vende en la cantina fue envenenada con laxantes, y decenas de estudiantes se descomponen en simultáneo. Los baños, colapsados, no albergan a tantos jóvenes, que tienen que bajarse los pantalones y subirse las polleras de sus uniformes y largar todo en las papeleras, en los casilleros, en el piso. Donde sea. Es tan asqueroso como suena. Pero, con morbo, no deja de ser gracioso ver la desesperación, la humillación y la incredulidad de alumnos y profesores. 

Humor básico con toques geniales

En ese contexto llegan Maldonado y Ecklund, quienes creen que el joven a quien la policía le obligó a confesar es inocente. Vemos la filmación del interrogatorio,que remite a lo que ocurre en la serie (también de Netflix), Making a murderer, en la que la policía obliga a un joven discapacitado de 16 años a confesar su complicidad en un homicidio. Los agentes lo hacen hablar durante horas, y finalmente, cuando dice, cansado, que fue él, le van dictando la confesión. 

Más allá de ese momento puntual, la serie se caracteriza sobre todo por su mezcla de humor facilón, vulgar y adolescente, aunque tiene momentos y chistes brillantes. Por ejemplo, en un punto, los dos "documentalistas" se ponen a analizar como el liceo ocultó los atentados fecales para no dañar su reputación. Una de las maniobras fue la de mandar al limpiador encargado de barrer el desastre a otra institución, más lejana. "Ah, como si fuera un sacerdote violador", dice Ecklund, y dan ganas de aplaudir. 

American Vandal no ofrece más que humor absurdo y básico, y luego de la primera temporada, se hace un poco más de lo mismo. No es una serie larga (son ocho episodios de veinticinco minutos), y tiene algunos giros sorpresivos en la investigación, pero no logra alcanzar el mejor nivel de genialidad que tuvo su primera entrega.

Pero en lo que si brilla es en la construcción de algunos de sus nuevos personajes, y en el giro progresivamente oscuro que va tomando hacia el final. En el primer punto destacan Kevin, el primer sospechoso de ser la identidad detrás del Bandido Fecal. Es un adolescente raro, que sube videos probando diferentes variedades de té, se viste con boinas y gabardinas, y es conocido por sus compañeros como "fruit ninja", por un chiste que involucra que le tiren frutas y las golpee en el aire. Podría haber sido creado por Wes Anderson o por Will Ferrell. 

El otro es DeMarcus Tillman, la estrella de la escuela. Es el mejor jugador del equipo de básquet, un LeBron James en potencia que es codiciado por todas las universidades y equipos de NBA. Es un adolescente que se muestra como un ganador, amigo de todos, un atleta que se lleva el mundo puesto. Pero es un adolescente. Y en realidad es inseguro y solitario, porque todos se hacen sus amigos, pero ninguno lo es de verdad. DeMarcus es un héroe trágico y uno de los puntos altos de esta temporada. La escuela lo protege porque es su recurso más valioso, pero también es un potencial sospechoso. 

La serie también logra hacer un comentario potente sobre las bondades y los riesgos de la vida en internet que llevan las generaciones jóvenes. El Bandido Fecal se comunica por Instagram. Un alumno de St. Bernardine acaba de ser expulsado por entrar a las cuentas de Twitter que sus compañeros dejaban abiertas en la sala de informática y publicar mensajes ofensivos. La explosión marrón es emitida por Snapchat. Todos cuidan sus imágenes en las redes, y cada posteo es una potencial prueba.

Mientras un grupo de jóvenes mira sus teléfonos, Maldonado dice: "Somos la primera generación que puede vivir dos vidas. Al mismo tiempo que vivimos nuestra existencia, la curamos. La presentamos. La empaquetamos. La pulimos para protegernos. Construimos fortalezas digitales de bits, bytes y píxeles. Muros hechos de ceros y unos. Todos creamos versiones nuestras para aparentar ser los curadores de nuestra historia. Para aparentar que tenemos el control de nuestra vida. La imaginación es lo que nos hace humanos. Nos permite descubrir que versión de nosotros mismos nos queda mejor. No somos la peor generación, somos la más expuesta. Entonces, quizás la máscara sea el arma de supervivencia de esta época". 

Y esta temporada tiene eso detrás todo el tiempo. La vida que mostramos y la vida que tenemos. El ser, el no ser y el aparentar. Pero la pregunta que más importa es: ¿Quién es el Bandido Fecal?