Reseña

“La forma del agua”: acaba de nacer un clásico del cine

Por Camila Builes/ El Espectador |  19 Enero, 2018 - 10:58
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La película dirigida por Guillermo del Toro, quien puso de protagonistas a una muda, una negra, un gay y un fenómeno, replantea la idea del amor, de curar el dolor a través de la diferencia.

El futuro es ahora. Compra un Cadillac nuevo. Lee El poder del pensamiento positivo. Ten sexo mecánico en la posición del misionero y cuando estés follando a tu rubia esposa en una casa de dos pisos con un jardín delantero no la mires a la cara, tápasela con tu mano derecha y grítale que se calle. Viste traje todos los días: corbata y zapatos bien lustrados. En el trabajo, háblale a una mujer sobre la que tengas un rango mayor, mírala a los ojos y dile que podrías hacerla gritar si quisieras. Recuerda: el futuro es ahora. Ten dos hijos y un televisor en la sala. Piensa en tus enemigos, haz un plan para aniquilarlos. ¿Quiénes son tus enemigos? Escucha a tu jefe, cuando te hable nunca lo mires a los ojos y siempre responde: ¡Yo siempre cumplo! Yo nunca fallo. Cumple. ¿Quiénes son los malos? No hables de comunismo, ni de los rusos, ni de los soviéticos, sé fiel a tu bandera. No converses con limpiadores, científicos o artistas, siempre tienen ideas revolucionarias en la cabeza y son distintos. Odia a los distintos, a lo distinto. Odia lo desconocido: las ciudades, las personas. No creas en monstruos y si alguna vez te encuentras uno, mátalo, apúntale al corazón y dispara. Mátalo porque no entiendes que exista algo diferente a ti, mejor que tú. Y después de eso, desaparece. No serás nadie en la historia: verás al monstruo nadar lejos de tu poder y es mejor que te esfumes. Escabúllete en algún sitio lejano porque es imposible que entiendas que no puedes asesinar una idea, no puedes acabar con los distintos. Porque lo distinto —aunque no lo creas, aunque te burles— es más poderoso que tú.

La forma del agua es la más reciente película dirigida por el mexicano Guillermo del Toro. Una cinta fantástica recreada en Baltimore a finales de 1960 protagonizada por Sally Hawkins (Eliza Esposito) y Doug Jones (la criatura marina) y que cuenta la historia de una criatura marina que puede respirar bajo el agua y también en tierra firme, encontrada en el Amazonas y llevada a Estados Unidos para analizarla en una especie de laboratorio estatal en medio de la Guerra Fría. En ese lugar subterráneo trabajan Eliza y Zelda (Octavia Spencer) como aseadoras. Eliza es muda, se comunica con todos a través de lenguaje de señas, y Zelda hace de traductora cuando es necesario.

El contexto en el que se desenvuelve la película es trascendental. Por un lado, la amenaza soviética tiene a las fuerzas armadas con los pelos de punta, infiltrados del gobierno ruso en las operaciones más secretas y el afán interminable por llevar el hombre a la Luna. Un hombre gringo, por supuesto. Por el otro lado, el racismo en las calles, el odio enardecido por los gais y el nacionalismo, el sueño americano como principal objeto de venta: “El futuro es ahora”, es una consigna común en la película.

La forma del agua está dotada de una belleza indiscutible. En el aspecto técnico: cada imagen y cada color fue pensado y cuidado con elegancia y la música llega en punto a cada escena (el director de fotografía es Dan Laustsen y la banda sonora es de Alexandre Desplat). Sutilmente contada: no hay excesos de frases ni alardes de actuación. Cada historia tiene su forma particular de contarse, la de Eliza y la criatura, la de Zelda y su esposo machista, la de Giles —mejor amigo de Eliza— y su homosexualidad censurada, su trabajo desprestigiado y su humor perspicaz, la de Richard Strickland, un hombre conservador de quijada cuadrada que trabaja para el gobierno y es interpretado con un porte amenazador por Michael Shannon. Nada sobra: encaja perfectamente con el mensaje de Guillermo del Toro: “Quería crear una historia bella y elegante sobre la esperanza y la redención como antídoto contra el cinismo de nuestros tiempos ... Para mí, este es un momento en que Estados Unidos se detuvo: es una época de racismo, de desigualdad, de personas pensando en el borde de la guerra nuclear. Entonces, de alguna manera, es un momento horrible para el amor, pero el amor sucede”, dijo para Los Ángeles Times.

Pero lo más importante de esta cinta es la idea del otro, del diferente, de la minoría. Del Toro puso a los héroes: una muda, una negra, un gay y un fenómeno, a replantearnos la idea del amor, de la salvación, de curar el dolor a través de la diferencia: el otro puede salvarme porque es distinto a mí. Héroes que no son héroes: no es una apología a la victoria. Ese es el gran replanteamiento de esta película. En un mundo donde los distintos son los enemigos, La forma del agua los presenta como los vencedores. Los amados. En una de las escenas esta tesis es clara: Richard Strickland busca a la criatura que ha escapado de su cautiverio, para eso interroga a Eliza y Zelda y luego, cuando Zelda niega saber algo, Strickland brama: “¿Qué hago entrevistando a las mujeres del aseo? Lo único que saben es limpiar baños, limpiar la mierda”. ¿Quiénes son los mexicanos en Estados Unidos? ¿Quiénes somos los colombianos en Estados Unidos? Los que limpian, los sin voz, los negros.

Esta película tiene como excusa una historia de amor entre un monstruo y una mujer que se comunican a través de la música y las señas. Que comen juntos, bailan y hacen el amor debajo del agua. Y como hemos visto en otras películas de Del Toro (El laberinto del Fauno o Hellboy), el monstruo es apenas una excusa para explorar otras formas de entender el mundo. "¿Por qué lo vamos a salvar si ni siquiera es un humano", le grita Giles a su amiga Elisa mientras la abandona en un pasillo, "Si no hacemos nada, nosotros no somos nada", le responde ella con las manos. Las corrientes de la historia convergen y, como en cualquier buen cuento de hadas, lo que se considera feo e indigno, por un mundo miope, se revela como una perla. “Lo que guardamos allí es una afrenta”, dice Strickland, refiriéndose a lo que acecha en el tanque. Sin embargo, cuando Giles ve a la criatura por primera vez, no teme. Él mira, con el ojo experto de un artista, y con el hambre de alguien hambriento de amor, luego sólo puede decir: “Es tan hermoso”. Un poema ilimitado, de hecho. El nacimiento de un clásico del cine.